La Caracas de 1953

22 Abr 2022 | Crónicas de la Ciudad

     En 1953 llegó a Caracas, con el polvo de los caminos del interior aun sombreándole el bigote, un provinciano deseoso de conocer la capital. Por algún tiempo estuvo recorriendo la ciudad y luego, sin decir esta boca es mía, regresó a su hotel, preparó su equipaje y se largó rumbo a su terruño. Cuando el dueño del hotel le preguntó si le había disgustado algo que le había impulsado a regresar tan pronto, el provinciano le respondió: “¡No. . . todo me ha parecido muy bonito, pero mejor regreso a Caracas cuando esté terminada!”.

     Esa es, en dos palabras la impresión que deja la Caracas de hoy. Es una inmensa ciudad en construcción, una ciudad donde los edificios nuevos se abren al uso público mientras se retiran los escombros del viejo. Una ciudad que muy pronto hará verdadero el viejo cuento del caraqueño que le dijo al yankee refiriéndose al Capitolio, “pues yo no sé cuándo lo hicieron, lo cierto es que yo pasé anoche por aquí y no estaba”.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Para 1953, Caracas era una inmensa ciudad en construcción, una ciudad donde los edificios nuevos se abrían al uso público mientras se retiraban los escombros del viejo

La ciudad desbordada

     Desde hace trescientos ochenta y tantos años, cuando Diego de Losada, con toda la pompa acostumbrada, desafió a pelear a pie o a caballo a aquel que osare contradecirle en sus derechos de fundador de la ciudad de Santiago de León de Caracas y golpeó con su espada varias veces sobre la tierra para ratificar la real posesión, la ciudad no ha cesado de crecer. Unas veces lentamente, otras con rapidez inusitada. A veces en tamaño, a veces en espíritu. Pero siempre siguiendo una curva ascendente. Hoy la ciudad amenaza con desbordar el “riente valle” donde fuera fundada: por el Norte se trepa a las laderas de la montaña, por el Este se arrodilla casi en el templo de Petare, por el Oeste se solaza en las vegas de Antímano y por el Sur se asoma a los valles del Tuy.

    Es un crecimiento que no puede por menos que calificarse de fantástico. Es el dique que se revienta y que lanza sus aguas por todos los rincones en avance incontenible. Es el crecimiento desordenado de los quince años con la apreciable diferencia de que ya nuestra ciudad hace tiempo cruzó ese Ecuador primaveral de la vida humana.

“Sírvase Ud. mismo”

     Con el tiempo y el progreso unidos en la acción, es poco lo que queda de la Caracas de antaño. Hoy vivimos bajo el moderno signo americano que nos dice que “time is money”. Después de haber rebasado la era afrancesada de nuestros abuelos. La era del mercado donde usted mismo se sirve, se acomoda su mercancía y solo deja el sagrado instante del cobro para los dueños del negocio. Es el “serve yourself” que parece ser el denominador común de la vida moderna y que elimina de golpe y porrazo a las amas de casa, el placer casi divino del regateo y del comentario picante con el “marchante”.

     Son tantas las cosas que se han ido de esta Caracas que a veces nos parece absurdamente vacía. ¿¡Qué caraqueño no se siente nostálgico al pasar por la vieja playa del mercado!? No queremos insinuar, lector amigo, que usted acostumbraba echarse su “picolino” en La Atarraya, pero sí sabemos que a Ud. le gustaba pasearse de vez en cuando por aquella baraúnda de frutas y legumbres, de canarios de tejado y de aromosa hierbabuena, de baratijas tendidas en el suelo y de penetrantes voces de pregón. No es que queramos regresar a esa época, pero no por eso dejamos de recordar el viejo mercado con la nostalgia del primer pantalón largo que desechamos con el corazón arrugado después de largos años de uso y abuso. Del pantalón no del corazón, se entiende.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Las Torres del Centro Simón Bolívar, conocidas también como Torres de El Silencio, fueron el primer símbolo de modernidad de la Caracas de la década de 1950

La Caracas del tranvía

     Se fue el viejo mercado como se fue el viejo tranvía. El flamante tranvía que allá en 1882 dio prestigio de gran urbe a la Caracas antañona. Fue la época en que coincidieron tres grandes acontecimientos en nuestra ciudad: se consagró un Obispo de color, llegaron los tranvías y se declaró una epidemia de viruela. El pueblo de inmediato les dedicó a los tres una redondilla:

Ya Caracas tiene

lo que no tenía

un Obispo negro,

viruela y tranvía

 

     De los tres el que soportó mejor el paso del tiempo fue el tranvía que todavía ayer (1947) asmático y crujiente, se arrastraba por su trazado camino como un símbolo de la descansada vida del siglo pasado. Una vida que todavía no había probado la propulsión a chorro. No solamente de “afuera” han desaparecido muchas cosas. De “adentro” también se nota la falta de elementos antaño indispensables en la vida diaria. 

     Elementos que se fueron sin decir adiós y que hoy tendremos que recordar con un suspiro y un encogimiento de hombros. La romanilla y el tinajero, por ejemplo. O el “poyo” de la ventana. Ya el arabesco calado en madera de la romanilla no se encuentra más en los diccionarios dedicados a los objetos pavosos. Son elementos que definen toda una época llena de decorados pesados y abundantes. Una época que nos dejó como ejemplo el Hotel Majestic hasta que la bola renovadora lo dejó acurrucado contra el suelo. Una época que se vivió a media luz entre cojines, divanes y languideces. Con edificios pletóricos de columnas, estatuas, arabescos, mosaicos y mal gusto. Todas esas cosas que están por desaparecer actualmente y de las cuales se ven poco, salvo el mal gusto que todavía impera en la construcción de castillos y abadí destinados al simple oficio de servir de vivienda.

 

¡Ah! ¡El Calvario!

     El Paseo Independencia es prácticamente desconocido. Todos lo conocemos como El Calvario. Ese ojo verde que mira asombrado la transformación que nació a sus pies. Ese ojo verde que a veces sentía unas ganas enormes de cerrarse púdicamente ante el espectáculo poco grato de las callejuelas de El Silencio y que ahora está enormemente abierto, apuntalado por el asombro reflejando las arcadas del nuevo Silencio, esas arcadas y esos corredores que son un eslabón perfectamente diseñado para enlazar el pasado con el futuro.

     Antaño la gente iba al Calvario a respirar a gusto. Hoy que el tetraetilo y las noticias sobre la bomba H darían más razón a esas ansias de respiración purificada, la gente no va al Calvario. Y la verdad es que El Calvario es un sitio ideal para pasear los huesos molidos por el tráfago citadino. Hace poco Cupido había instalado una sucursal poco grata a la vista en sus avenidas y rincones, pero hoy hasta Cupido se ha desaparecido de los contornos, para dejar el sitio a los caraqueños cansados que prefieren descansar en el Hipódromo Nacional.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
El conjunto residencial de El Silencio, fue el punto de partida de la renovación urbana caraqueña

¡Caracas, allí está!

     Esa es una gran verdad. Allí está Caracas, pero los que no están son los caraqueños. Del trabajo de Arturo Uslar Pietri, “Caracas, la capital”, nos parece lo más interesante el hacer resaltar precisamente esa ausencia del caraqueño. La ensalada racial que consume la ciudad procera de Santiago de León casi a cada hora de comida, ha repercutido en sus habitantes. El caraqueño es un ser que se adapta a casi todas las circunstancias y a todas las corrientes y de allí que ahora le tengamos barnizado con una capa que envidiaría el revolucionario Garry Davis que se proclamara Primer Ciudadano del Mundo.

      Hasta hace poco tiempo usted podría encontrar a cualquier caraqueño en la Plaza Bolívar. Hoy día se hace necesario que Ud. lleve un intérprete para cruzarla. No hay caso. Caracas es una ciudad cosmopolita que recibe con los brazos abiertos a los ciudadanos del mundo para que presencian los trabajos de su construcción que comenzó en 1567 y todavía, como el hombrecito del whisky, sigue tan campante. El caraqueño de hoy sin embargo tiene un lazo muy fuerte con el caraqueño de ayer. Los dos saben reír. 

     Los dos saben traducir la inquietud en una carcajada y saben diluir la amargura del momento en un refrán que corre de boca en boca. Desde el “Fu fu del plátano macho échale yuca” a la olla” hasta el “No, sí así es”, o el “guaninini, ponle bemba”, siempre habrá un dicho que ponga punto final a la discusión o que dé pie para comenzar una nueva. Porque el caraqueño siempre está dispuesto a discutir, aunque el tiempo haya cambiado su fisonomía.

     Con un dicho criollo, caraqueños, al fin y al cabo, podríamos definir el nudo gordiano que llaman tráfico. Porque la verdad es que nuestro tráfico está “un poquito mejor lo mismo” que hace unos cuantos años Ahora no hay tranvías, pero hay unos cuantos millones de autobuses. O por lo menos esa cantidad parece a los que conducen un auto. Porque los que tejen que tomar un bus para ir a su trabajo opinan que solo hay unas cuantas docenas en toda Caracas.

     En Caracas se ensanchan las avenidas, se multiplican las calles y se traen más carros para llenarlas. La ilusión del buen caraqueño no es la de la casa propia sino el del carro propio. Y su principal orgullo es tenerlo más grande y más lujoso y más caro que el del vecino. Lo cual se traduce en una ciudad rodeada de carros por todas partes menos por una: la que rayó el Inspector Fuentes.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
El Cuartel San Carlos y el Panteón Nacional sobrevivieron a la “bola destructora” que acabó, en los años 50, con la Caracas de antaño

“Techos rojos, se necesitan”

     Dentro de poco tiempo los avisos económicos estarán plagados de peticiones encabezadas con el sub-título de estas líneas. Ya los techos rojos que le alborotaron la musa a Juan Antonio Pérez Bonalde están de capa caída en nuestra Caracas vieja. Ahora se pueden encontrar en las urbanizaciones que se tendieron a la sombra de las antiguas haciendas. En el centro en cambio hay que quitarse el sombrero para poder elevar la vista hacia el techo de los edificios, que ya no son rojos, pero si son altos. En una carrera hacia el cielo, van montando pisos sobre pisos hasta hacer palidecer de envidia a aquellos que se quedaron anclados en el suelo. 

     Menos mal que ya la piqueta se llevó al edificio del Hotel Majestic, que con sus cuatro pisos presumía de altura y magnificencia porque no hubiera podido soportar el complejo de inferioridad ante las gigantescas torres que inician la Avenida Bolívar y que forman el núcleo del Centro Simón Bolívar, el mejor exponente de la era monumental de construcciones que atraviesa la ciudad que tenía los techos rojos.

     Hoy por hoy nuestra ciudad es una colección de contrastes. Es el potrillo desgarbado que deja adivinar en sus movimientos temblorosos las líneas puras y finas del potro de raza. Es el despliegue arquitectónico del rascacielos y las viejas casas de ventanas de balaustres y de aleros coloniales. Las urbanizaciones modernas, arboladas y amplias, al lado de las casuchas que se agarran con dientes y uñas al borde del cerro. Todo vive bajo el signo de una renovación perenne, lo que hoy era un solar, mañana será un flamante edificio de varios pisos. En un ritmo veloz e incesante, Caracas avanza hacia su propio destino.

 

 “¡Hágase la luz!”

     La señal más visible de la transformación de Caracas, la podemos ver apenas comienza la oscuridad a pasearse por sus calles. Donde antaño había candiles nacieron faroles de gas y por último llegaron, para no irse ya más, las brillantes luces de neón. Donde existía la ciudad colonial que se adormilaba al dar las seis, arrebujada en la semioscuridad, ahora encontramos una Caracas llena de luces multicolores, de avisos restallantes, que se acuesta a las doce, pero solo porque tiene prisa por levantarse temprano para seguir demoliendo edificios y levantando otros nuevos.

 

FUENTE CONSULTADA

  • Vera López, Omar. ¿Caracas? … ¡Volveré cuando esté terminada! En Élite. Caracas, Núm. 1459, 19 de septiembre de 1953; Págs. 40-45
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