La vida social caraqueña del sigo XIX

3 Oct 2022 | Por aquí pasaron

Pal Rosti le obsequió al naturalista alemán, Alejandro de Humboldt, una fotografía, captada por él, de un Samán de Güere que había reproducido durante su estadía en Venezuela

Pal Rosti le obsequió al naturalista alemán, Alejandro de Humboldt, una fotografía, captada por él, de un Samán de Güere que había reproducido durante su estadía en Venezuela.

     El húngaro Pal Rosti (1830-1874), en su escrito titulado Memorias de un viaje por América, publicado en 1861 en su país natal, relató parte de su experiencia como viajero explorador en América. Cuando llegó a Venezuela, en 1857, ya había pasado por Estados Unidos y Cuba, espacios territoriales que le sirvieron de referencia al momento de los señalamientos que estampó en su obra acerca de Venezuela. Luego viajaría a México, adonde permaneció durante siete meses. En el Nuevo Continente estuvo durante dieciséis meses. Tiempo durante el cual logró coleccionar un conjunto de fotografías tomadas por el mismo. En este orden, logró captar la imagen de muchos lugares poco conocidos y que Alejandro de Humboldt había transitado o dibujado. El mismo Rosti le obsequió al naturalista alemán una fotografía, captada por él, de un Samán de Güere que había reproducido durante su estadía en Venezuela.

     En esta ocasión vale la pena hacer referencia a las consideraciones que esbozó sobre el “pueblo de Caracas y su vida social”. Bajo este marco, es preciso tener en mente que para la época estaba generalizado el uso del concepto carácter nacional. Concepto que sirvió de base para examinar la forma de ser de las comunidades humanas, sería como decir las características que se tenían como atributos de los pueblos y que, por lo general, estaban marcadas por las condiciones geomorfológicas de los territorios que ocupaban los compuestos humanos.

     Bajo esta perspectiva, Rosti advirtió la dificultad que existía para examinar con exactitud “el carácter de los caraqueños”. Lo vio de este modo por “las múltiples mezclas, consecuencias – en su mayoría – de las uniones ilegales”. Expresó, en este orden de ideas, que la moral caraqueña mostraba una gran debilidad. Como ejemplo expuso el caso de “muchachitas del pueblo, de 13-14 años, tengan ya su amante” y que esto no sorprendiera a nadie, ni a sus padres, quienes las consideraban algo natural y muy normal.

     Al constatar la cantidad de vagabundos que deambulaban por las calles lo adjudicó a estas laxas coyundas que solo generaban hijos ilegítimos y abandonados que eran procreados en la comarca. “Pero la buena naturaleza se preocupó tanto de sus criaturas en estos favorecidos valles, que en muchos lugares – verbigracia: los valles de Aragua – es literalmente imposible morirse de hambre. Aun el que no trabaja puede hallar abundante sustento, pues las bananas y otros frutos se dan en enormes cantidades”. De igual manera, anotó que para proveerse de la ropa de uso diario no había que hacer mayor esfuerzo porque “a base de una labor diaria” se obtenía con gran facilidad.

     A estas reflexiones le agregó un comentario, en forma de pregunta, a su escrito y en el que expresaba que la situación comentada con anterioridad, sobre lo barato de vivir en estas tierras, resultaba un espejismo al visitar el mercado de Caracas. Indicó que el mercado principal de la ciudad, “la plaza mayor” tal como se le conocía contaba con una variedad de productos, pero con altos precios. Anotó que se encontraba en un lugar muy aproximado al centro de la ciudad. De las construcciones que estaban en algunos de sus lados mencionó que eran edificaciones sencillas e insignificantes. Ellas eran la Catedral, la sede del Congreso y el Arzobispado.

     Indicó que el “verdadero mercado” estaba cercado y que en él se levantaban puestos techados, en el que se ofertaban cintas, sedas, telas de lienzo, cuchillos, rosarios y retratos de santos, entre otros bienes. También se ofrecían carnes de res seca o cortadas en tiras, secadas al sol y que las denominaban tasajo. “La carne es el comestible principal y más barato en Caracas”, según pudo constatar en su visita. En el mismo lugar observó que se vendía pescado, carne de cabra, “que venden como si fuera de carnero”, aves de corral, huevos, mantequilla, importada de Europa o de Estados Unidos, papelón, dulces variados, como el de membrillo, que a Rosti le parecía muy agradable, de guayaba, “fruta muy sabrosa”, pan de harina de maíz o arepa y también de trigo, toda clase de pasteles, algunos muy sabrosos como el de coco según Rosti.

Al constatar la cantidad de vagabundos que deambulaban por las calles, Rosti lo adjudicó a estas laxas coyundas que solo generaban hijos ilegítimos y abandonados que eran procreados en la comarca

Al constatar la cantidad de vagabundos que deambulaban por las calles, Rosti lo adjudicó a estas laxas coyundas que solo generaban hijos ilegítimos y abandonados que eran procreados en la comarca

     Se refirió a “otro tipo de pan” cuya base de preparación era la yuca y que tenía forma de una torta enorme. Agregó que el casabe: “Es el alimento preferido del pueblo, aunque – por su sabor – parece que lo hubiesen preparado con virutas desmenuzadas”.

     Luego escribió que el precio de las mercancías “es asombrosamente alto”. De ahí que comparó los precios en el mercado de Caracas con los de su lugar de origen para ofrecer una imagen más clara de los altos precios de los alimentos en la comarca. Por ejemplo, un saco de papas se conseguía a cinco dólares, un pollo a un dólar, un pavo por cinco, “se consiguen cuatro huevos por un real – este precio es tan estable que a menudo lo emplean para fijar el precio de otros productos, dicen por ejemplo que el plátano vale dos huevos, y así entienden que se trata de medio real”. De inmediato se interrogó que siendo este territorio bendito, gracias a su exuberante y variada naturaleza, “y le ofrece al hombre en demasía todo lo que puede desear para su subsistencia, ¿el mercado sea tan pobre y los precios tan altos?”.

     Para dar fuerza a esta cuestión eligió como ejemplo a “un joven “color café”, quien consumía un cigarrillo que le había preparado “una joven mulata”, y le hizo esa pregunta. Éste le respondió: “¿Para qué voy a trabajar?; el alimento necesario se da en todos los árboles; solo debo estirar la mano para recogerlo, si me hace falta una cobija, o un machete o un poco de aguardiente, traigo al mercado algunos plátanos y obtengo abundantemente lo que deseo ¿para qué más?”. Esta idea la culminó al sentenciar “Y así siente y opina cada peón de Venezuela”.

     Determinó que esta actitud llevara a la exageración con los precios de los productos alimenticios y de algunos servicios como el envío de una carta. Contó que le había costado cinco dólares enviar una de ellas de Caracas a La Guaira para un viaje de tres horas, para él una exageración, “así sucede que la mantequilla – a pesar de que en las praderas pastan miles de vacas – la traigan de Norteamérica o Europa; que las mejores verduras y alimentos lleguen a la mesa de los caraqueños distinguidos directamente de Francia; y así se explica que la industria y la agricultura se encaminan hacia la ruina y que la prosperidad del país decae año a año”.

     En un párrafo aparte expresó que le había llamado la atención que “la población blanca de Caracas, los criollos, que forman – en la mayoría de los casos – las capas superiores de la sociedad, no obstante ser también de origen español, se diferencian grandemente – atendiendo a su carácter – de los habaneros”. De los caraqueños subrayó que eran de talla elevada, esbeltos, “de rasgos regulares, su nariz es un tanto arqueada; el color moreno y los ojos brillantes; el abundante pelo negro y el pie pequeño también se dan aquí, como en La Habana”.

     En cuanto a las mujeres subrayó que “es una verdadera belleza o es fea”. La comparación la hacía con respecto a las mujeres que había observado en La Habana, donde, de acuerdo con su mirada “son pocas las realmente hermosas, siendo sin embargo casi todas graciosas, agradables, con sus pequeñas caras redondas”. Aunque no se extendió a explicar el porqué de estos rasgos diferenciadores sumó que a Cuba la habían colonizado catalanes y a Venezuela andaluces. Sin embargo, agregó que era indudable la gran influencia, presente en ambos espacios territoriales, en lo que respecta al desarrollo físico, el carácter, las costumbres y modos de ser, del clima y la ubicación geográfica.

Para mediados del siglo XIX, en el mercado principal de la ciudad, se expendían gran variedad de productos, pero con altos precios

Para mediados del siglo XIX, en el mercado principal de la ciudad, se expendían gran variedad de productos, pero con altos precios.

     En estas regiones, según escribió, se podía encontrar el “carácter criollo” en sus rasgos generales o principales: “la ambición y el deseo de dominio; el orgullo; el apasionamiento; la rudeza, sobre todo en el pueblo; la apatía e indolencia ilimitadas; y – por otro lado – la hospitalidad y una cierta caballerosidad”. Sumó a esta consideración el haber encontrado en México atributos similares, “y en todos los sitios donde el elemento primordial de la población lo constituyen criollos españoles”.

     Advirtió que si se agregaba la actitud de reserva que mostraban los americanos meridionales, su forma de gobierno marcada por sus desventajas, el fanatismo y sus incontables prejuicios y las supersticiones, “que mantienen al pueblo en la ignorancia y permiten una influencia excesiva a ciertas clases, podemos imaginarnos que esta gente está aún lejos de hollar con decisión la senda del acrecentamiento del bienestar nacional, de la evolución espiritual y del progreso. En Caracas sentí – por vez primera – que estoy lejos de Europa y casi aislado del mundo civilizado”.

     De acuerdo con su observación, Caracas concitaba melancolía y tristeza en el extranjero acostumbrado al ruido de las grandes urbes, “un silencio mortal reina en la ciudad semiderruida, donde están ausentes el movimiento comercial e industrial y aún falta el ruido de los carruajes. No hay salas de fiesta ni teatros; ni siquiera paseos; vida social solo puede hallarse en los círculos más íntimos”.

     Bajo este lastimoso ambiente, los caraqueños se solían resguardar en sus hogares para dormir, el almuerzo lo hacían a golpe de cuatro o cinco de la tarde y a las seis de la tarde, las damas “de brillantes ojos se sientan en las ventanas, mientras los señoritos se pasean en sus menudos y ágiles caballos, no tanto por cabalgar a través del hermoso valle, sino por hacer la corte en las silenciosas calles de la ciudad”. Agregó a esta descripción que ya a las ocho de la noche reinaban en las calles profundo silencio y sólo era posible toparse con los “serenos”.

     Aseguró que así era la vida del caraqueño. Anotó que las mujeres no solían salir a la calle y en caso que lo hiciera era durante el día, para llevar a cabo sus diligencias o ir de visita a otra casa, “imitan en sus vestidos – con mal gusto – la moda francesa; aquí pues, vimos de nuevo aquellos sombreros y vestidos llamados altos, que ni remotamente son tan agradables ni van tan bien con los rostros españoles, como la mantilla y el velo habaneros, que las bellezas caraqueñas sólo usan para ir a la iglesia y – en general – para las celebraciones religiosas y de otra índole” . Los hombres más jóvenes usaban por lo general trajes de paño y sombreros de copa alta. Los domingos y días de fiesta vestían fracs de color negro, “y luego refunfuñan continuamente por el gran calor, y con razón, ya que esa moda europea no es propiamente la más conveniente para aquel clima”.

     Según su examen la única diversión de los habitantes de Caracas era visitar las iglesias. En comparación con los parisinos, quienes se reunían en paseos o bulevares para relacionarse con otros o encontrarse con amigos y conocidos, o para alardear de sus vestidos o cortejar al “bello sexo”, “los caraqueños no se pierden ni una visita a la iglesia, para aprovechar la ocasión y lucir sus mantos y mantillas”. Sumó a esta descripción que el almanaque católico español contemplaba abundantes festividades, “pero a estas se añaden en Caracas fiestas locales, procesiones, ciertas fiestas de algunos santos particularmente venerados y las conmemoraciones de terremotos y otros desastres, así como de grandes acontecimientos políticos”.

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