Impresiones de un escocés en Caracas

21 Abr 2022 | Por aquí pasaron |

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Una de las cosas que más sorprendió a Robert Semple de su visita a Caracas, fue la limpieza de las calles, construidas con “buen piso y en condiciones muy superiores a todo lo que había visto hasta entonces en las Antillas”.

     Robert Semple fue un agente de negocios inglés quien visitó Caracas entre los años 1810 y 1811, período durante el cual pudo constatar que, ante la ausencia de la metrópoli ocupada por Napoleón Bonaparte en 1808, los españoles americanos iniciaron el paso secesionista a imitación de los angloamericanos en el norte. Así como que no era mera casualidad que la Independencia se proclamara en Caracas el 5 de julio de 1811, un día después de la de las Trece Colonias y de la misma forma que lo hicieron los estadounidenses el 4 de julio de 1776. Las connotaciones “simbólicas o cabalísticas” estuvieron presentes entre los firmantes, según lo dejó escrito Semple.

     De su desembarco en La Guaira contó que, al estar ausente el comandante, fueron llevados a uno de los delegados, “un hombre ignorante e ineficaz, a primera vista, que no se acreditó bien en sus posteriores actuaciones. Su tonta auto importancia, al examinarnos resultaba risible, desplegando rodas las incapacidades de un presuntuoso recién encumbrado”. Esto lo había señalado a propósito de un impasse por la exigencia del pasaporte inglés para poder continuar su camino hacia Caracas. 

     Según relató ni en Inglaterra tal requisito era indispensable y que él no solía llevar el original de este documento en sus viajes. De La Guaira expresó que su población ascendía a unas ocho mil personas de “todos los colores”. Agregó que la mayor cantidad de sus habitantes eran gentes “de color” y que había pocos europeos y aun blancos criollos. De la ciudad observó que estaba construida al pie de una montaña y que sus calles eran bastante estrechas las que, cuando llovía, resultaban infranqueables. Contaba con un solo edificio importante, el de la Aduana. “Las autoridades no confían en el juramento de los comerciantes, como en Inglaterra y Norteamérica, sino que abren cada bulto para apreciar su valor y de acuerdo con éste cobran los derechos”. No obstante, señaló que los funcionarios cumplían su labor con “tolerancia y cortesía en la generalidad de los casos”.

      De acuerdo con su percepción, la iglesia de La Guaira “no es muy interesante”, al no contar con ningún objeto que atrajera a sus visitantes. El puerto fue comparado por él con un fondeadero y que por efecto de las olas debe ser constantemente reparada su estructura de madera. Del transporte, tanto de mercancías como de personas, se solía hacer a lomo de mula. “Cuando el viajero llega es tratado más o menos como un bulto de mercancías. Le dan una mula con una silla burda de tipo moro que tiene estribos por el estilo de los que se usan en España, y en todo el camino son de gran utilidad para él sus espuelas, su látigo y su paciencia para llegar a Caracas”.

     Según relató en su descripción, el camino de La Guaira a Caracas era “malo”. Decidió, en vez de montar una mula, transitarlo a pie. A lo que añadió: “Supongo que por lo extraño de esta determinación fue que me detuvieron a la salida”. A este respecto contó: el mulato que le servía de guía llevaba un portafolio donde había colocado unos dibujos de Morland y que un oficial “de color” revisó. De Macuto expresó que era una “limpia y placentera aldea situada a la orilla del mar, donde tienen residencias casi todos los habitantes ricos de La Guaira … con el tiempo, excederá a La Guaira en tamaño, como ya la supera en limpieza y regularidad”.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Según el agente de negocios inglés, Robert Semple, para 1810-1811, la población de La Guaira ascendía a unas ocho mil personas de “todos los colores”

     En su descenso hacia Caracas pudo mirar la ciudad a la que describió como un valle en declive rodeado de altos montes y al fondo se podía observar un río que lo bordeaba. Tenía al frente la ciudad capital, “de la que solo se distinguían las torres de las iglesias emergiendo entre las nieblas matutinas”.  Al alcanzar el pie de la colina estaba colocada una puerta donde se encontraban guardianes, quienes estaban allí para revisar los documentos de los que pretendían llegar al valle caraqueño. Su inicial impresión la narró como sigue: “Luego que pasé las primeras casas me sorprendió la limpieza y la regularidad de casi todas las calles, de buen piso y en condiciones muy superiores a todo lo que había visto hasta entonces en las Antillas”.

     Del valle de Santiago de León de Caracas indicó que se extendía en un terreno como de unas veinte millas, con variaciones de ancho entre seis y siete millas. De igual manera, agregó que se encontraba ubicada hacia el lado norte y que era un espacio territorial que se explayaba en una pendiente hacia el sur donde se encontraba con el río Guaire. “Aunque se le da el nombre de río, en Norte América no se le consideraría sino un arroyo, pues es vadeable en todas las cercanías de la ciudad, excepto después de aguaceros torrenciales, cuando su volumen aumenta y corre con gran velocidad”.

     De los tres afluentes del Guaire, el de mayores ventajas anotó que era el río Catuche. De él sus afluentes se aprovechaban al suministrar agua para “las fuentes públicas, de las cuales hay varias, y también para las casas particulares, de las que algunas tienen tubería o aljibes”. Según escribió, las calles se encontraban separadas unas de otras por espacios de cien yardas o más, “y como se interceptan entre sí forman los lados de las manzanas a lo que aquí llaman cuadras”. De acuerdo con su conocimiento, cuando una de estas cuadras no estaba ocupada por casas, se le denominaba plaza y que en realidad era un espacio baldío que ocuparía una manzana o cuadra. Para Semple, la ciudad así estructurada resultaba sencilla para una ciudad de un tamaño importante, siempre y cuando lo permitiera el terreno donde se asentaba. “De una manera semejante está construida Filadelfia, pero la falta de lugares abiertos hace que esta ciudad norteamericana, en otros aspectos hermosa, resulte monótona y uniforme”.

     En Caracas prestó atención a algunas plazas, “pero ninguna de mucha importancia”, a no ser la Plaza Mayor o plaza grande, “donde está el mercado”. En el interior de ella observó pequeñas tiendas, “muy convenientes desde el punto de vista comercial”, aunque para él desfiguraban la que pudo haber sido la armonía del conjunto. Reseñó que el lugar donde el mercado funcionaba se podían conseguir frutos disímiles como plátanos, bananos, piñas, manzanas, peras, papas, castañas y variedad de legumbres que parecieran provenir de lugares templados y que acá se conseguían con facilidad. De ahí que anotó: “En los Estados Unidos de Norte América se observa que los cambios de clima obedecen a las diferentes estaciones que se suceden en el año, mientras que aquí, al ascender de la costa a estas elevadas y templadas regiones se experimenta, en trayecto relativamente corto, un cambio que pareciera ser posible sólo en largos intervalos de espacio y tiempo. Y en pocas horas se pasa del clima tórrido a las más suaves temperaturas de las zonas templadas”.

     De la Catedral expresó que era una edificación sin mayor lumbre, con una distribución interior irregular, “pues durante la celebración de la misa gran parte de la concurrencia no puede ver al sacerdote, y esto es importante, puesto que la ceremonia es parte esencial de la devoción”. Indicó que lo que daba prestancia a la catedral era el único reloj con el que contaba la ciudad. La iglesia más espléndida de Caracas, según lo relatado por Semple, era la que se había construido a expensas “de las gentes de color, y a la que parece que contribuyeron por espíritu de emulación”.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Según relató Robert Semple en su descripción, el camino de La Guaira a Caracas era “malo”, por lo que decidió, en vez de montar una mula, transitarlo a pie

     De acuerdo con su conocimiento la población de la ciudad superaba los cuarenta mil habitantes, “una tercera parte de los cuales es de blancos”. Puso en la mira que existían muy pocos indios, pero las personas mezcladas con la “sangre india es general”. Destacó, además, que “todos los oficios son realizados por libertos de color, quienes son generalmente ingeniosos, pero indolentes e indiferentes en alto grado”. Sumó a esta consideración que éstos prometían llevar a cabo alguna tarea, sin intención de cumplir y cuando se les reprochaba por ello se “quedan perfectamente inconmovibles”.

     La única institución pública educativa, por lo que percibió, era la Universidad. Del sistema educativo expresó que era rutinario al igual que en la España de hacía doscientos años: “un corto número de autores latinos, el catecismo y la vida de los santos son los principales estudios”. Sin embargo, consideró que el “libre pensamiento” se estaba propagando con rapidez entre los jóvenes.

     De acuerdo con sus cálculos, ningún otro territorio de América del sur había sido tan disputado como el que ocupaba el valle de Caracas, puesto que la cantidad de grupos aborígenes y “su alta reputación de valerosos e inteligentes parece que detuvieron por algún tiempo la acción conquistadora de los españoles en una región cuya fertilidad, sin embargo, había excitado su codicia”. Escribió que el primer intento se hizo desde Margarita, luego desde Valencia se reclutaron elementos que pudieron someter a los habitantes originarios y fundar la ciudad. Relató que esta historia revestía gran interés. Además, contó haber escuchado a indios pronunciar el nombre de Guaicaipuro con entusiasmo. “Cuando en su lucha le faltaron otros medios, mandó prender fuego al bosque donde se encontraba, desplegando así una desesperada y sublime, aunque inútil, resistencia”.

     Luego de haber sido Coro la sede principal del Arzobispado de Venezuela, para finales del 1600, fue Caracas la principal provincia administrativa del reino. Semple añadió que, la elevada situación del valle de Caracas contaba con un aire puro y fresco, los cuales “ejercen un efecto directo sobre el carácter físico y moral de sus habitantes y los distingue con ventaja de los de la costa. El mismo concepto de distinción que las tribus vecinas tenían de los primeros pobladores de Caracas, puede tenerse de los habitantes del presente, ya que estos superan en rapidez de percepción, en actividad e inteligencia a los habitantes de la mayor parte de las otras ciudades de la Provincia”.

     No obstante, agregó que la carencia de una sólida educación y la ciega sujeción a un clero ignorante no permitían el desarrollo de tales cualidades naturales. “Aquel alto sentido español del honor que reina en algunos pechos, es en muchos otros suplantado por una mera apariencia jactanciosa, que finaliza en falsedad y engaño. Pero esta falsía no está siempre acompañada por suaves maneras o un exterior apacible, y altos ejemplos de rudeza unida a gran insinceridad pueden observarse. No podría hablar aquí de lo político o de los sentimientos generales del pueblo de Venezuela. Es un tema que merece ser tratado separadamente…”

     Esta aseveración le relacionó con lo heredado del colonialismo español y con situaciones similares en otros países latinoamericanos. De las mujeres expresó: “Quizás el carácter hispano subsiste en ellas más que en los hombres; y sus vestidos y maneras son una copia exacta de lo que he visto antes en la vieja España”. Indicó que tanto en España como en Caracas la ocupación durante las mañanas entre las mujeres era la asistencia a misa, trajeadas de negro, lucían medias de seda y batiendo un abanico que no cesaban de mover. “En estos casos una esclava, muchas veces más hermosa que la señora, la sigue, portando una pequeña alfombra sobre la cual habrá de arrodillarse aquélla”. (P. 30). Agregó que era un símbolo de distinción y que el sólo hecho de ser seguidas de una esclava con dicho objeto era señal de diferenciación. Anotó, luego, que se estaba debatiendo la eliminación de tal costumbre, aunque el legislador que reformara tal hábito “tiene que hacerlo con mano temblorosa”.

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