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Primer automóvil en Caracas

     Subirse hoy día a un automóvil, conducirlo o hablar de él es algo muy normal en cualquier sociedad y, si se quiere, hasta natural, pues, esta criatura de hierro forma parte de la vida cotidiana del ser humano. Sin embargo, muy pocos conocemos los orígenes de este singular vehículo en nuestro país. Historia que ya pasa los cien años.

     Sobre la historia del automóvil en Venezuela se han escrito muchos artículos de prensa e incluso algunos libros. En todos ellos se dan diversas fechas de llegada y distintos dueños.

      Para el pintoresco periodista Lucas Manzano, fundador y director de la recordada revista caraqueña Billiken (1919-1958), el primer automóvil que llegó a Venezuela fue “el que trajo de Europa el señor John Boulton, a mediados de 1906”.[1] Mientras que para el poeta y escritor Manuel Rodríguez Cárdenas, fue aquel que “importó el afamado óptico Constancio Vanzina allá por mil novecientos y tantos[2]; y para el fallecido Cronista de Caracas, el acucioso periodista Guillermo José Schael, “el primer automóvil que vino a Venezuela fue traído en 1904 por la señora Zoila Rosa Martínez de Castro, esposa del entonces Presidente de la República Cipriano Castro”. [3]

     Esta última versión es la más conocida en la historiografía del país, tanto que se tiene como un hecho cierto que el primer carro que llegó a Venezuela fue este, el de la señora Zoila. Sin embargo, después de una minuciosa investigación en las publicaciones periódicas que circularon en Venezuela, entre 1903 y 1906, logramos ubicar numerosas noticias sobre automóviles. Pero en ninguna de ellas se menciona el carro de doña Zoila. Y no podía ser de otra manera, pues el vehículo de la esposa del “Cabito” llegó al país en mayo de 1907, tres años más tarde de lo indicado por el periodista Schael.

     El carro de la Primera Dama fue adquirido en Francia, a principios de ese año, por los generales Manuel Corao y Román Delgado Chalbaud,[4] quienes lo enviaron a Venezuela a bordo del vapor inglés “Matadero”, el cual atracó en el puerto de La Guaira, el 7 de mayo.[5] Al parecer era un “Panhard & Levassor,” uno de los modelos de carro más prestigiosos de la época. 

 

[1]Manzano, Lucas.Trayectoria del Automovilismo en Venezuela.” En: Elite. Caracas, Nº 1961, abril    27, 1963; p. 35

[2]Rodríguez Cárdenas, Manuel. “Lo que va de Ayer a Hoy.” En: El Nacional. Caracas, febrero 14, 1954; p. 4

[3]Schael, Guillermo José. Apuntes para la Historia del Automóvil en Venezuela. Caracas: Gráficas    Arte, 1969; p. 19

[4]Manzano, Lucas. Ob. Cit.

[5]Agencia Pumar. Caracas, segunda edición, mayo 8, 1907; p. 1

El primer automóvil que llegó a Venezuela

     Entre las diversas noticias que localizamos en la prensa sobre la presencia de automóviles en nuestro país, estaba la del arribo del primer carro a nuestras tierras. La misma fue publicada por el diario caraqueño El Monitor, en su edición del 21 de abril de 1904.

     En dicha noticia se afirmaba que “el lunes (18 de abril) por la tarde transitó por las calles de Caracas por primera vez un lujoso automóvil, el cual ha sido traído por el señor doctor Isaac Capriles. Lo manejaba un individuo extranjero, quien sin duda habrá venido para generalizar entre nosotros el uso del cómodo vehículo. En su tráfico por la vía pública no tuvo ningún inconveniente”.

     Esta es, de acuerdo con la investigación que realizamos, la información más antigua sobre la presencia de un automóvil en Venezuela. De allí que afirmemos que, con toda seguridad, el primer carro que llegó al país no lo trajo doña Zoila Rosa Martínez de Castro, sino el médico de origen judío Isaac Capriles, yerno del general Joaquín Crespo, para más señas.

     El vehículo era un hermoso Cadillac, modelo 1904. Años más tarde, en 1931, se exhibió en Caracas, con motivo del X aniversario de la Corporación Venezolana del Motor. La revista Ecos de Gloria,[1] publico una gráfica del histórico automóvil, cuyo autor fue el célebre fotógrafo venezolano Luis Felipe Toro, “Torito”.

     La segunda información sobre la presencia de un automóvil en el país, la publicó el mismo diario El Monitor, el 24 de mayo de ese año 1904. La nota decía “que ayer llegó a Caracas el representante de la New York Bermúdez Company, capitán Wright, quien trae un automóvil, el cual lo veremos dentro de pocos días en las calles. Es probable que se importe libre de derechos de aduana; y la compañía aparecerá distrayéndose al fresco, por la avenida Castro del mal rato que le ha proporcionado su fracasado negocio con la revolución”.

     Ciertamente, la empresa norteamericana, una de las primeras transnacionales que se instaló en el país para explotar nuestro asfalto, había financiado la fracasada Revolución Libertadora (1901-1903), lucha armada que estuvo liderada por el banquero venezolano Manuel Antonio Matos y que pretendió derrocar al gobierno del general Cipriano Castro, por lo que tenía pendiente una demanda por dos millones de dólares ($ 2.000.000) que había introducido el Estado venezolano ante tribunales nacionales y extranjeros. De allí que, cuando Míster Wright trajo su automóvil, las autoridades venezolanas prohibieron su introducción al país, por lo que el carro fue devuelto a los Estados Unidos.

 

[1]N.º 14, septiembre de 1931; p. s/n

El Duende Encantado

     En agosto de 1904 arribó el tercer automóvil, segundo que circuló en el país. Fue importado de Francia por un comerciante de Barquisimeto, cuyo nombre no fue posible precisar, aunque se presume que haya sido el francés J. Hauser, dueño de una ferretería en la capital larense.[1] Este vehículo entró por Puerto Cabello, donde el Jefe Civil de esa localidad lo retuvo por más de dos semanas mientras llegaba de visita a esa población el presidente de la República, general Cipriano Castro.

     El 29 de agosto fue probado por las angostas calles de la población carabobeña, produciéndose, naturalmente, un gran entusiasmo entre los porteños, pues -decía el periodista- era la primera vez que un automóvil atravesaba las calles de Puerto Cabello”.[2]

     Después que el “Cabito” se marchó, a principios de septiembre, el automóvil emprendió, a través de los rieles del ferrocarril, su recorrido hacía Barquisimeto.

     En la travesía pasó por diversas poblaciones, causando, por supuesto, gran asombro. En Tucacas, por ejemplo, su llegada “fue de grande alarma entre sus habitantes, quienes corrieron a esconderse en sus casas por temor de aquel Duende encantado. La policía pretendió poner preso al dueño del automóvil por haberlo introducido allí sin previo aviso a los habitantes”. [3]

     Solucionado el incidente, el “duendecillo” continuó hacia Duaca, donde también causó sobresalto. Aunque nunca como en Tucacas, pues sus pobladores fueron advertidos con anterioridad de la presencia de ese “bicho”; así que, cuando llegó el carro, los duaquenses disfrutaron, no sin temor, viendo aquella pequeña criatura de hierro. Fue tal el revuelo que causó este vehículo, que los habitantes del pueblo le solicitaron al Jefe Civil, general Julio Couput, que lo retuviese allí algunos días para que los niños gozaran de las maravillas del “progreso”. Y así fue, el automóvil permaneció en Duaca unos días más, deleitando a grandes y chicos. Lamentablemente, al tercer día el bicho se quedó sin combustible, y no fue sino en diciembre de ese año cuando su propietario logró el permiso de las autoridades para trasladar hasta esa localidad varios envases con gasolina. Sin embargo, no se logró ponerlo en funcionamiento, por lo que su traslado a Barquisimeto se produjo “no en su macho talón ó por sus propias fuerzas locomotrices, sino muy encaramado en el ferrocarril”.[4]

     Una vez en la capital larense, el automóvil fue embargado por un tribunal local, desconociéndose hasta ahora las causas que motivaron tal decisión. Lo que sí se supo fue la pena que causó esa confiscación en la población barquisimetana, tanto que la prensa local se hizo eco de ello en los siguientes términos: “como ha dado lastima el embargo del automóvil. Cuantas carreras no hubiera dado por nuestras calles, a tiempo como llegó, y en vísperas de pascuas y año nuevo”.[5]

     En verdad que fue una lástima que los barquisimetanos no hayan podido disfrutar de ese espectáculo, de esa expresión de “desarrollo”, como dijo Lisandro Alvarado. Se imagina usted, amigo lector, lo que representaba para la época ver un automóvil en las estrechas y empedradas calles de Barquisimeto. Algo increíble, si tomamos en cuenta que tan sólo hacía un año (1903) que Henry Ford había ideado una industria que permitía producirlos en serie, por lo que su comercialización en el mundo era incipiente.

     Año y medio pasó el “duende” guardado en la ferretería del señor Hauser, hasta que el 29 de junio de 1906 lo embarcaron para Caracas, “en busca de mejor temperamento para su salud quebrantada; y ver que también como le fue en Duaca –decía el cronista– seguramente por la temperatura, igual a la de Caracas y parecida a la de Europa, de donde es oriundo. El calor de aquí le hizo mal y se fue en solicitud de otros aires. Lástima que no hubiéramos tenido el orgullo de verlo corretear por nuestros paseos”. [6]

      No sería sino en 1913 cuando los barquisimetanos pudieron sentirse orgullosos de ver un vehículo automotor corretear por sus angostas calles. [7] Pero esa es otra historia.

 

[1]Silva Uzcátegui, Rafael Domingo. Enciclopedia Larense. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la Republica, 1982; p. 234

[2]El Pregonero. Caracas, septiembre 1, 1904; p. 2

[3]El Pregonero. Caracas, octubre 6, 1904; p. 2

[4]El Eco Industrial. Barquisimeto, diciembre 21, 1904; p. 1

[5]El Eco Industrial. Barquisimeto, enero 5, 1905; p. 1

[6]El Eco Industrial. Barquisimeto, junio 30, 1906; p. 1

[7]El Impulso. Barquisimeto, febrero 6, 1913; p. 3

El Pobre Valbuena

     El tercer carro que circuló por las enlosadas calles de Caracas, lo trajo en 1905 el doctor Alberto Smith.[1] Posteriormente llegarían, a fines de ese año, tres (3) automóviles más: el de John Boulton, el de un señor de nombre Antonio y el del óptico Constancio Vanzina, el cual, por cierto, fue bautizado por los mamadores de gallo como “El Pobre Valbuena”,[2] porque se accidentaba más que el “Mozo de la Zarzuela”, personaje de la obra del mismo nombre, que para entonces ocupaba la atención de los espectadores del Teatro Caracas.

     Así, pues, que hasta diciembre de ese año de 1905 sólo había cinco (5) automóviles en Caracas y seis (6) en total en Venezuela, con el del comerciante larense; vehículo, por cierto, que desconocemos a manos de quien fue a parar una vez que lo embargaron. Tan sólo sabemos que fue, como señalamos, enviado a la capital de la República en 1906.

     Con la llegada a Caracas de este automóvil, el parque automotor de la ciudad se incrementó notablemente; ahora eran 6, según lo afirmó en una de sus crónicas el “Bachiller Munguía” (seudónimo del escritor Juan José Churión).[3]

     Esta cantidad de vehículos era lo suficientemente numerosa como para congestionar, sobre todo los domingos, la única calle que estaba pavimentada: la avenida Castro, que unía a Puente Hierro con El Paraíso. Esta avenida (hoy denominada José Antonio Páez) era, sin lugar a duda, “el Rendez-Vous de las familias de Caracas. La avenida recorría un trayecto lineal de 2 millas, bordeando las amenas vegas del río Guaire. El sitio era sumamente pintoresco; la amplitud de la vía, toda ella pavimentada de macadams y con anchas aceras de cimento romano; su doble alameda de copados arboles; las lujosas residencias particulares y artísticos chalets; sus parques y jardines; y su espléndido alumbrado eléctrico hacen de esta obra la más gallarda evidencia del progreso civilizado de la capital de Venezuela”.[4]

      A partir de 1907 comenzaron a incrementarse las importaciones de vehículos, los cuales, por supuesto, venían con su chofer. Así pasó con el de la propia señora Castro, que llegó con un francés de nombre Lucio Paúl Morand, quien se adaptó tanto al país, que residió en él hasta que falleció, en 1952.

 

[1]Agencia Pumar. Caracas, segunda edición, agosto 12, 1905; p. 1

[2]Rodríguez Cárdenas, Manuel. Ob. Cit.

[3]El Porvenir. Caracas, noviembre 8, 1905; p. 2

[4]El Monitor. Caracas, abril 28, 1904; p. 4


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