POR AQUÍ PASARON

Un negociante inglés por Caracas

     Entre los meses de julio y octubre de 1864 Edward Eastwick (1814-1883) viajó a Venezuela, en calidad de Comisionado de General Credit Company de Londres institución con la que Antonio Guzmán Blanco había acordado un empréstito para el gobierno federal, cuyo ejercicio estaba en manos de Juan Crisóstomo Falcón. Fue un hombre versado en asuntos diplomáticos y había cursado estudios universitarios en Inglaterra. Durante su estadía conoció y describió aspectos relacionados con La Guaira, Caracas, Valencia y Puerto Cabello. Sus impresiones de viaje fueron publicadas en la revista londinense All the year Round entre 1865 y 1866. Para 1868 se publicarían en forma de libro y para 1959 aparecería una versión en castellano de trescientas cuarenta y cinco páginas.

Para Eastwick, La Guaira era uno de los parajes más “pintorescos del mundo”

     Su inicial referencia acerca de Venezuela fue la sentencia de que el nombre otorgado por los españoles a esta comarca era inapropiado, porque el paisaje, por él visualizado, no mostraba semejanza con la Venecia que sirvió de referencia para tal denominación. Sin embargo, apeló a Humboldt para reafirmar que La Guaira era uno de los parajes más “pintorescos del mundo”. Para Eastwick resultaba ser una localidad en la que se podía constatar la grandiosidad de la naturaleza frente a la pequeñez humana. En su paso por ella no dejó de mostrar su desagrado al cruzar frente a “oscuras edificaciones” que impedían una ostensible contemplación de las montañas a su derredor. Expresó que lo que mayor incomodidad le produjo fue la que denominó atmósfera sofocante e impregnada del “mefítico aroma” del pescado en descomposición y otros “perfumes aún peores”. A este comentario, plagado de animosidad, agregó que los venezolanos deberían preocuparse más por crear condiciones higiénicas y pulcras en un lugar que era lo que, primeramente, apreciaba todo turista. Comparó esta situación con Colombia en la que el viajero era recibido con “fragancias de muy diferente calidad”, hizo notar.

     De las comidas destacó que usaban en demasía el ajo y acotó, muy impresionado, que aún no fuese emblema o símbolo nacional del país. No dejó de destacar los nombres de las personas que calificó de extraños y cómicos, como el de una dama llamada Dolores Fuertes de Barriga. Igualmente, el aguacate le pareció combinado de sabores entre calabaza, melón y queso “Stilton muy rancio”.

     En el trayecto, desde La Guaira hasta Caracas, reveló el encuentro con “venta – hosterías” de “ínfima clase” donde los arrieros, carreteros y cocheros hacían parada para proveerse de un trago de aguardiente. Bajo este mismo marco de ideas indicó que al suramericano (denominación que utiliza, indistintamente, para hacer referencia a Venezuela) no le pasaba por su mente el de llevar a cabo acciones en beneficio de los demás, aseveración que estuvo acompañada de la observación de animales muertos en plena vía cuando, muy bien agregó, pudieran ser arrojados por los abismos y así evitar nubes de moscas y zamuros a su alrededor, así como alejar los malos olores.

     Durante su estadía se alojó en el hotel Saint Amande del que dejó escrito que el conserje era un negro que bien pudo haber sido un empleado de la aduana. Lo describió como un hombre corpulento y gordo, cuya obesidad “obstruía la puerta de entrada”. La servidumbre del hotel constaba de dos camareras indias y un mozo de “raza” mulata. Acerca de la cocinera dijo que era “enormemente” gorda. Eastwick comentó su satisfacción de sólo haberse cruzado con ella en contadas ocasiones, de lo contrario si hubiese tenido otro trato nunca hallaría gustosos los alimentos por esta persona elaborados.

     Expresó que la habitación que ocupó se encontraba muy bien decorada, además, algo que le sorprendió, estaba “bastante limpia”. Relató que, en una oportunidad, a eso de las tres de la madrugada, escuchó ruidos de gente y tañido de campanas que lo llevó a pensar, de manera inmediata, en una revuelta, terremoto o incendio. El repique venía acompañado de cohetes y descargas de mosquetes. Aclarado el día se enteró que tal alharaca era la fiesta de los isleños o nativos de Islas Canarias, quienes formaban en Caracas “toda una colonia” y celebraban un encuentro de su santo patrono. Recordó que durante su estadía pudo presenciar otros actos litúrgicos, fiestas y ayunos. Respecto a estas concentraciones se preguntó porque razón no eran practicadas en horas menos perturbadoras tal como lo haría “cualquier humano sensato”.

     De las mujeres dejó estampado que era posible que, en otras partes de Europa hubiese mejillas más sonrosadas y tez más blanca, pero nunca los rasgados ojos negros, dientes de tan alucinante blancura, talles tan esbeltos, pies y tobillos de tanta perfección como los que posee la mujer venezolana. Respecto a la presencia de ellas en las iglesias y su devoción, Eastwick puso en duda su misticismo. Esto porque, de acuerdo con su caracterización, las mujeres salían a la calle para que las miraran y los hombres se reunían en grupo dentro de las iglesias para contemplarlas.

     Fue testigo de fiestas y procesiones que, según su percepción, tenían un origen común con los de la India. Las mismas, adujo, constituían el desahogo de un “pueblo perezoso” que servían para justificar la ostentación de lujosas vestimentas, holgazanear y entregarse al juego y al amor. Subrayó que tales encuentros eran los días de mayor ajetreo en la “estafeta de cupido”.

     Tal como lo revelaron otros viajeros, no dejó de destacar las secuelas del terremoto de 1812. Recordó que practicó una excursión hacia el lado norte de la ciudad, hasta alcanzar el cerro El Ávila. Describió que la ciudad se veía similar al de un gran cuadrado con largas calles paralelas que la cruzaban de norte a sur, con la plaza principal del mercado en el centro. Narró su gran asombro al observar la destrucción causada por el movimiento telúrico del doce, en especial hacia el lado norte de la ciudad. Anotó que logró corroborar las secuelas de este movimiento, al confirmar la versión compartida por un antiguo funcionario que aún se encontraba entre los vivos. Éste le narró que, por haber sido aquel fatídico día jueves santo, las iglesias estaban repletas de personas, mujeres en su mayoría y “vistosamente engalanadas”. Ese jueves había un calor intenso y habían pasado varios días sin caer gotas de lluvia. Además, por ser día festivo las calles estaban colmadas de gentes. Anotó que, en cuestión de segundos el temblor causó destrozos a una ciudad de cincuenta mil habitantes. Los muertos que hubo fue porque resultaron aplastados por las estructuras edificadas y de las que no lograron escapar a tiempo. Una de las consecuencias de él fue que algunas parejas, que todavía vivían en concubinato, fuesen presurosas a formalizar su relación por medio del matrimonio y que quienes habían perpetrado fraudes “restituyeran lo mal habido”.

     Hizo notar que, desde El Ávila, observó varias casas de las que resaltó, por su altura, la del representante consular de Holanda. De igual modo, refirió que en la parte “inferior” de la ciudad se estaba a la mira de una propiedad territorial denominada Paraíso que había pertenecido a un representante consular inglés y quien la había transferido a una “famosa beldad criolla”. Sin embargo, indicó que lo más interesante era el cementerio católico, el más “hermoso de Suramérica” y por tal motivo merecía una visita. Su primera impresión fue que el mismo estaba situado en un terreno elevado y que desde él se apreciaba un “espléndido panorama”. Su excepcionalidad estribaba en la distribución de una “especie de casillero” gigantesco, en el que cada compartimiento servía para el depósito de ataúdes. Acotó que, todo aquel que pudiera cancelar treinta y cinco pesos tenía el derecho de colocar la urna, del pariente muerto, durante tres años. El féretro podía ser retirado, si así lo deseaban los deudos, luego de un tiempo, y que en cada cripta se estampaba el nombre del fallecido. Las personas de escasos recursos, así como aquellos que no escogían esta modalidad, depositaban sus parientes muertos en otro lugar del cementerio. Acentuó la impresión que le causó ver las fosas comunes, adonde descansaban los cadáveres de las víctimas del cólera que fueron numerosas. En contraste con el cementerio católico, los camposantos inglés y alemán estaban hacia el lado sur de la ciudad. Los mismos lucían descuidados ya que la hierba y la maleza no permitían apreciar las tumbas. Reseñó haber visto una capilla con una inscripción en que se identificaba como su diseñador a Robert Ker Porter. En este sentido, agregó que le había llamado la atención que alguna otra persona como él hubiese llegado desde las “Puertas Caspias” a este remoto país occidental.

     Entre sus anotaciones sumó que, a no ser por los terremotos, las epidemias, las plagas de insectos, las revoluciones “cada tres años” y los repiques de campana, “pocos lugares” reunían buenas condiciones para residenciarse en ellos tal como lo exhibía Caracas. Si destacó el caso de Caracas para fijar residencia, no dejó de hacer notar lo costoso que, en términos económicos, significaba vivir en ella. En efecto, contó que, al revisar las cuentas e inversión que había erogado mientras permaneció en ella, llegó a la conclusión según la cual “todo está por las nubes en esta tierra de la libertad”. En este marco, colocó como ejemplo los precios de unos productos alimenticios a propósito de un ágape que ofreció a trece personas, por los que había gastado la no poca cifra de veintitrés libras esterlinas. El mismo gasto, recordó, en Londres hubiese bastado para “regodearse con tortuga auténtica”, variedad de platos y unas diez clases de pescado diferentes. En esta comarca lo ofrecido por él, durante esta ocasión como anfitrión, no resultó muy distinto a lo que usualmente consumía en el hotel, salvo por la inclusión de un pavo.

Eastwick realizó una excursión hacia el lado norte de la ciudad, hasta alcanzar el cerro El Ávila

     Asimismo, refirió lo que su sirviente temporal, de nombre Juan quien le servía como una suerte de mayordomo, le había expresado en contestación a sus quejas por lo invertido en productos alimenticios. Juan le dijo que todas las personas sabían que él era un comisionado financiero que había llegado al puerto de La Guaira con dos cajas de oro. Contó lo que este le había referido acerca del escaso interés que implicaba ser justos o equilibrados a la hora de cobros excesivos porque “nadie sale ganando con ello”. Todos pensaban, según Juan, que del oro trasladado a esta comarca él debía quedarse, de modo fraudulento, con una parte y por tal razón debía dejar algo en beneficio del país. Por eso sentenció que acá no valía la pena mostrar demasiada honradez.

     En lo que se refiere a las actividades cotidianas o domésticas en las que debería colaborar el mencionado Juan, Eastwick no se mostró muy satisfecho. Contó que, en cierta ocasión había “abandonado” sus diligencias domésticas para ir a reunirse con sus amigos, y volvió en horas de la noche, solo rápidamente, y luego “no lo volví a ver hasta el día siguiente”. Escribió molesto acerca de esta manera de prestar servicio y agregó que era común en Venezuela, a la que llamó “paraíso de los sirvientes” porque aquellos que se dedicaban a ofrecer asistencia, a quienes la requerían, la practicaban con desgano y solo para obtener dinero y comprar ropa. No sucedía de igual forma cuando conversaban sobre el teatro y, en especial, de la política nacional a la que podían dedicar varias horas. Justificó esta actitud al ser este un país en el que en cosa de días cualquiera podía llegar a ser general o presidente. Llegó a escribir que en Venezuela se practicaba la “perfecta igualdad” con lo que intentó significar la intromisión de sirvientes y harapientos en prácticas domésticas como conversaciones, juegos, bailes y fiestas. Con desdén refirió el caso de funcionarios y personas, de nivel acomodado y no acomodado, quienes ejercían sus oficios o se presentaban a reuniones con un tabaco en la boca. En una parte de su escrito no dejó de señalar que, el criollo exhibía excelentes cualidades, pero sentía aversión por “todo esfuerzo físico” y que, por tal circunstancia las haciendas producían gracias al trabajo de indios y mestizos.

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