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La glorificación de Juan Crisóstomo Falcón

Juan Crisóstomo Falcón, militar y político que gobernó en Venezuela entre 1863 y 1868. Fue uno de los líderes de la Guerra Federal (1863)

     En una interesante y poco común investigación en Venezuela, el historiador José María Salvador examinó algunos fenómenos artísticos efímeros producidos con las fiestas cívicas de este país suramericano, la gran mayoría de ellos escenificados en la ciudad de Caracas, centro del poder administrativo y político nacional desde los tiempos coloniales. Este examen fue presentado, en forma de obra, con el título Efímeras efemérides. Fiestas cívicas y arte efímero en la Venezuela de los siglos XVII-XIX, la cual fue publicada bajo el cuidado editorial de la Universidad Católica Andrés Bello, en el año 2001. En esta ocasión, haremos referencia a la interpretación que ofreció Salvador a lo que denominó “Gloria de Juan Crisóstomo Falcón”.

     Fue este un evento muy similar al que se había efectuado en torno a las figuras de Ezequiel Zamora, José Gregorio Monagas y Manuel E. Bruzual cuyos restos humanos fueron trasladados a Caracas para ser depositados en el Panteón Nacional, en noviembre de 1872. Dos años después, el mismo gobierno conducido por Antonio Guzmán Blanco, durante el 29 de abril y el 1ª de mayo de 1874, rindió honras fúnebres al transportar en triunfo al Panteón Nacional los despojos mortales del general Juan Crisóstomo Falcón (1820-1870).

     Los restos del insigne fueron exhibidos en un espléndido armazón en capilla ardiente levantada a la entrada del Camino Nuevo, en la calle de los Bravos. Desde tempranas horas de la mañana se encontraba listo el decorado urbano por donde transitarían los que conducirían el féretro a su destino. Salvador citó un fragmento de una crónica que describió el decorado que se hizo para tal acto. Una porción de la descripción fue como sigue. El trayecto que debía recorrer el féretro estaba adornado con un trofeo compuesto con un escudo, sobre el cual se escribió el nombre de cada una de las victorias de los defensores de las ideas federales.

     Alrededor de este escudo se habían colocado pequeñas banderas tricolores con insignias de duelo, encima de este grupo alegórico, flotaba un pabellón fúnebre, con una franja negra que tenía estampado la inicial del nombre del héroe, orlada por laureles de plata.

     De trecho en trecho se apreciaban columnas de mármol, de cuyo mástil colgaban coronas de siemprevivas, y sobre el capitel con las alas recogidas, se posaba el águila del genio, con un gesto de sorpresa por terrible catástrofe y encadenada en su magnífico vuelo. En cada esquina estaban, frente a frente, dos obeliscos truncados, símbolos de una ilustre existencia malograda, en los que se escribió, sobre mármol negro, los más recordados campos de batalla en los que el pueblo federal tuvo una destacada participación bajo la conducción de Falcón.

     Las casas de las calles, por donde transitarían quienes cargaban el féretro, tenían crespones, mientras los edificios públicos tenían colgaduras negras y la bandera nacional a media asta. En la esquina de la Torre, contigua a la catedral, se erguía un majestuoso arco de triunfo de fuerte textura guerrera, descrita en la misma crónica del modo como sigue. Su base mostraba grupos de cañones, cuyas culatas recibían las columnas formadas de fusiles, le acompañaban hachas, sables y clarines de guerra, le seguían mazos de picas que remataban en dos estrellas, cuyos rayos eran dos bayonetas, flameando entre ellas el pabellón venezolano. La vibra del arco estaba hecha de tambores unidos entre sí.

     Ante este arco marcial se erigió un gran obelisco en el que se apreciaba la imagen de Falcón enmarcada en oro, envuelto por las figuras alegóricas de Venezuela ciñéndole una corona de mirto, así como de la Fama en pregón de las campañas del mariscal, mientras en el medio de ambas figuras se veía el caballo de la Libertad. A las nueve de la mañana del día 29 de abril el presidente Guzmán Blanco, acompañado con miembros de su gabinete, los presidentes de las cámaras legislativas y altos funcionarios civiles y militares, se dirigió al catafalco erigido para la capilla ardiente. De inmediato se dio inicio a la procesión que llevaría los restos mortuorios al Panteón Nacional. Mientras tanto se escuchaban sones lúgubres ejecutados por la banda marcial, al repique de todas las campanas y el sonido de salvas de artillería. Detrás del lujoso carro funerario iban los funcionarios públicos, los miembros del Congreso, el presidente de la república con su gabinete y una brigada del regimiento de la guardia con la bandera enrollada.

     Luego de dos horas de lenta marcha llegaron al sitio de destino. El catafalco donde fue depositado el féretro fue descrito del siguiente modo. Era de gran magnificencia. Estaba compuesto de cuatro columnas que sostenían una elegante cúpula con relieves y arabescos de plata, sobre la cual se posaba, en disposición de alzar vuelo, el Cóndor americano, entre sus garras tenía una corona de laurel y una espada. Este cenotafio estuvo alumbrado por doce candelabros de plata, cuya luminosa luz contrastaba con la flamígera llama que despedían a su alrededor las lámparas funerarias.

En 1874, los restos mortales del general Juan Crisóstomo Falcón fueron sepultados en el Panteón Nacional, en Caracas

     La catedral también había sido investida por el luto, con cortinas negras matizadas con plata que cubrían las columnas en que destacaban trofeos y coronas con los nombres de las batallas triunfantes en las que había participado Falcón. El funeral religioso fue encabezado por el presidente Guzmán Blanco, junto a su comitiva. Al día siguiente, primero de mayo, se trasladaron las cenizas del mariscal al Panteón Nacional. Al concluir la ceremonia sacra, el ataúd fue montado en el carro triunfal, que los amigos de Falcón arrastraron de inmediato. Abrieron la marcha unos cañones y los dos caballos de batalla del prócer. Detrás iban el presidente de la república y su comitiva. 

     Desde la catedral la procesión tomó rumbo, al compás de una música marcial a lo largo de un trayecto flanqueado por trofeos de duelo y otros símbolos llorosos, con cortinas negras, acompañadas de pabellones enlutados colgando en las fachadas de las casas, hasta llegar a la plaza de la Trinidad, donde se había levantado un monumental arco de triunfo. El mismo era de estilo dórico, en él se había estampado: “A la memoria del Gran Ciudadano Mariscal Juan C. Falcón”, envuelta por los nombres: Antonio Guzmán Blanco y Manuel E. Bruzual. En la cara norte lucía idéntica dedicatoria, bordeada por los nombres: José Gregorio Monagas y José Rosario Gonzales, mientras en su bóveda se leían los nombres de quienes acompañaron a Falcón en sus andanzas militares. 

     En medio del sonar de la artillería, el féretro fue llevado bajo el arco del triunfo hasta el Panteón Nacional al compás de la marcha luctuosa de Donizetti. Raimundo Andueza Palacio pronunció el elogio fúnebre, mientras la orquesta y el coro interpretaron el responso de José Lorenzo Montero y, al final, los despojos del mariscal fueron inhumados en la bóveda que se les tenía destinada.

    Ya avanzada la edificación republicana se llevaron a cabo actos en que la celebración espectacular de la muerte estuvo presente. 

     Su apogeo se puede apreciar mediante las apoteósicas honras fúnebres que, luego de varios años de haber fallecido los honrados y glorificados quienes se habían marchado de su tierra natal, luego de cumplir con lo que se ensalzó como actos dignos de ser rememorados. Esta modalidad de recordación sirvió para enfatizar un presente, por lo general, fastuoso y magnánimo. Quienes lo ejecutaban se servían de ellos para mostrarse como símil del homenajeado. El siglo XIX fue un momento durante el cual las celebraciones alrededor de centenarios fueron acompañadas de exposiciones y actos luctuosos, con los que se rindió homenaje a próceres nacionales.

     En las postrimerías del siglo XIX se difundió la necesidad de recordar hazañas heroicas como, por ejemplo, el Descubrimiento de América, pero en la figura de Cristóbal Colón. Fue así como un conjunto de consideraciones de carácter histórico se difundió en aras de su justificación. Fue en la década del ochenta del mil ochocientos cuando se comenzó a generalizar su necesidad como restitución del papel cumplido por España en el mundo. Desde el país ibérico, con ecos en países como México y Argentina, se debatió la justificación del porqué celebrar el tercer centenario del Descubrimiento.

     Publicistas del momento, como el caso de Juan Varela, en España, Joaquín Baranda y Romero Rubio, en México, y Ernesto Quesada, en Argentina, fueron quienes se dieron a la tarea de legitimarla. En tal celebración la imagen de España y Portugal resultaron cruciales, porque se les asoció con la creación de un mundo nuevo y la fundación de un gran conjunto humano, aunque separado por las aguas del Atlántico.

     Fueron tiempos de reformulación de los proyectos modernos de la nación. Un conjunto de estrategias, con las cuales estampar en las mentalidades del momento imágenes con propósitos de cohesión social, se dieron cita en lo que se pudiera denominar ritos de iniciación republicana. Su objetivo fue la figuración e imaginación de la nación como una agrupación humana con atributos comunes. Con esos ritos se fue asentando lo que hoy se tiene como algo natural y normalizado por elites políticas y culturales, en momentos de redefinición de la nacionalidad. La interpretación del himno, rendir culto a los símbolos patrios, el homenaje a los héroes y a todos aquellos que hicieron posible la instauración republicana se hizo tradición, en un principio en la escuela de primeras letras para infantes.

     Con el tiempo cambiaron las denominaciones si en 1492 se celebró una fecha memorable, en el XX se le comenzaría a denominar bajo el nombre de Día de la Raza, quizá, con la intención de mayor inclusión de lo que hoy se precisa como expresión vencedores – vencidos. Ya en el 1900 la utilización de símbolos como forma de unificación nacional comenzó a formar parte de la legitimación de quienes ejercen el poder político. Se puede decir, tal como lo examinó Georges Balandier en su trabajo titulado: El poder en escenas (1992), que todo poder político intenta obtener subordinación por medio de la teatralidad, es decir, fiestas, conmemoraciones, celebraciones, elecciones, las que se esparcen por toda la sociedad como un fastuoso espectáculo.

     Su realización suele mostrar a quien ostenta el poder gubernamental ante el gobernado en analogía con el homenajeado. Las élites políticas y sus aliados culturales hacen uso de medios espectaculares, magnificentes, llenos de colorido y demostración de poderío. Con ella muestran su papel en la historia presente y el futuro que vendrá, por las manifestaciones que ejecutan exaltan valores y, con ello, reafirman su energía. El poderío político no se decanta únicamente con el espectáculo contemporáneo o circunstancial, porque al llevarlo a efecto intenta estampar en la memoria colectiva una impronta, a través de la duración, la reiteración, con lo que inmortaliza acontecimientos que sirven para mostrar atributos de origen.

     Por eso es preciso pensar en el desarrollo de una política de los lugares y obras monumentales. Así, una república asume una forma de reiterada novedad territorial, la ciudad, el espacio público y la misma nación. De ahí que se reordene, modifique y organice de acuerdo con requerimientos sociales y económicos. Quizás, lo de mayor relieve es tratar de no ser superado por el olvido y lo de crear condiciones específicas de trascendencia en el tiempo, la que se podría manifestar en conmemoraciones futuras. Se trata de una recurrencia a la imaginación con la que se invita a un futuro que de manera inevitable se ofrece plagado de mejoras. El guzmanato parece ser el mejor ejemplo de la teatralidad del poder con sus conmemoraciones, glorificaciones y ornato citadino. Por tanto, la “Gloria de Juan Crisóstomo Falcón” resultó ser una glorificación más y contextualizada en los afanes legitimadores del gobierno presidido por Antonio Guzmán Blanco.

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