POR AQUÍ PASARON

De una corrida de toros a una corrida de cintas y algo más

Durante el gobierno del general Guzmán Blanco, las corridas de toros en Caracas se realizaban en terrenos pertenecientes al hipódromo, en Sarría
Durante el gobierno del general Guzmán Blanco, las corridas de toros en Caracas se realizaban en terrenos pertenecientes al hipódromo, en Sarría

     Después de haber presenciado la corrida de toros a la que había sido invitada, Jenny de Tallenay, escribió que era más interesante que el “tumulto de la corrida” un acto llamado corrida de cintas que se presentó en el ambiente festivo parroquial. Describió la corrida de cintas de la siguiente manera. “La calle mostraba un decorado muy parecido al utilizado para la corrida de toros, con la diferencia que, de trecho en trecho, se extendían cuerdas a determinada altura, de una casa a otra. De estas cuerdas colgaban cintas de distintos colores y en cuya parte final llevaba un anillo de cobre”.

     El acto consistía, de acuerdo con su descripción, en que a la señal que se daba al extremo de la calle, algunos caballeros, portadores de una espada cada uno, partían a galope en sus caballos “cubiertos con elegantes caparazones”. A una velocidad constante la actividad consistía en atravesar con la espada uno de los anillos y tomarlo con la punta del arma. Para ella era un juego “muy animado” que mostraba un lado galante y amable. 

     Cuando un joven jinete cumplía con la tarea de tomar el anillo colgado en una cinta, se acercaba a una de las ventanas de las casas vecinas, “llenas de preciosas señoritas de ojos negros”, y hacía entrega de su trofeo a la más hermosa de ellas. Quien recibía la ofrenda entregaba al galante caballero unas flores que iban atados al extremo de la silla de montar y con las que adornaba a su valioso corcel.

     El más hábil de la justa, aquel que lograba ensartar la mayor cantidad de anillos, era paseado en hombros, al son de las charangas y el ruido de los fuegos artificiales. Agregó que el ruido de los cohetes era un “elemento indispensable de toda fiesta venezolana”. A cualquier hora se podían escuchar sus detonaciones porque hacía falta que la alegría se escuchara a lo lejos para “ser popular”. Más adelante agregó que fiestas como estas, que se desarrollaban en las calles, tendían a decaer. Desde 1881 se había instalado un hipódromo, “en el cual se dan corridas de toros”.

     Contó que en el nuevo establecimiento se apreciaban “tres o cuatro banderilleros atormentando sin mucho peligro unos bueyes flacos que parecen no tener otro cuidado sino volver a su establo lo más pronto posible”. Según su versión, para los días de corridas una gran cantidad de personas se aglomeraban en las taquillas para adquirir las entradas. Por lo que había observado, indicó: “una sociedad protectora de animales tendría mucho que hacer en Venezuela”.

     Muy cerca del hipódromo se encontraba una gallera. Describió que para preparar los gallos para una pelea se les cortaba la cresta, se les arrancaban las plumas del pecho y se les ataba por una pata durante semanas al pie de un poste y a alguna distancia de otro gallo, sin que pudieran acercarse para atacarse. “Cuando están bastante excitados por ese tratamiento bárbaro, se les hace entrar en el ruedo donde no tardan en encontrar la muerte”. Según constató los gallos negros y rojos eran los más ardientes y belicosos.

Las corridas de cintas se realizan en un ambiente festivo. Las calles son decoradas con cintas de colores
Las corridas de cintas se realizan en un ambiente festivo. Las calles son decoradas con cintas de colores
Tallenay describió el Palacio Legislativo de la República o Capitolio caraqueño, como un “monumento bastante satisfactorio”
Tallenay describió el Palacio Legislativo de la República o Capitolio caraqueño, como un “monumento bastante satisfactorio”

     Luego de haber presenciado este “bárbaro” acto volvió al lugar donde había sido invitada para presenciar la corrida de toros y la de cintas. Narró haber degustado un refresco preparado con guanábana, “fruta deliciosa y bastante rara, aún en Caracas”. Agregó que con esta fruta se preparaban bombones, confituras y helados. Otra fruta que llamó su atención fue la parchita o parcha. “Se cultivan dos especies, la mayor de las cuales proporciona una baya del tamaño de una piña, muy buena para comer aderezada con vino blanco, y la otra del tamaño de una manzana es apenas menos apreciada”.

      Narró que mientras conversaban en casa de su huésped con algunos lugareños, “tuvimos la oportunidad de constatar hasta qué punto les gustan los elogios y son sensibles a la crítica”, incluso si era benévola mostraban incomodidad y enojo. Agregó que entre si se prodigaban lisonjas con “las dosis más fuertes”. Afirmó que desde los periódicos más conocidos no se dejaba de comparar a Caracas con París, además de ponderarla como una capital refinada que mostraba ser muy civilizada. “Su tono es tal que pasarían en Europa, a pesar de su seriedad, por hojas satíricas untadas de miel”. Por eso añadió que quien había logrado cultivar amistades en Venezuela se tenía que cuidar de no expresar algo que pudiera herir el sentimiento patrio. “Casi había miedo de contradecirles”.

     Narró que continuaron sus paseos por la ciudad. En su tránsito se toparon, en una esquina de la Plaza Bolívar, con el Ayuntamiento “que no presenta nada notable”. Más adelante encontraron el Palacio Legislativo de la República, el Capitolio. De él expresó: “El conjunto del monumento es bastante satisfactorio”. Dijo en su descripción que del lado norte se encontraba un peristilo adornado con estatuas encargadas a un artista del país, “cuyas concepciones, hace falta decirlo, no tienen nada de ideal”. El salón destinado para las recepciones oficiales lo calificó de hermoso. De los cuadros expresó que como obras de arte eran de una calidad cuestionable, pero si tenían valor histórico por mostrar celebridades venezolanas.

     En otro lado observó unos muebles pintados con los colores de la bandera. de las salas dedicadas a las sesiones del Congreso las calificó de sencillas y donde había un espacio con rejas, destinado para el cuerpo diplomático. Sumó a su descripción que las mujeres no asistían a las sesiones, “como en Europa”, y tampoco existían tribunas públicas. Enfrente del Capitolio identificó una larga fachada, traspasada con ventanas ojivales o de estilo medieval, con un campanario pequeño que servía de adorno. Detrás de este espacio hubo un convento de franciscanos que fue transformado en Universidad Nacional. Hizo referencia acerca de la fachada que abarcaba este edificio y agregó que era mucho más grande que la edificación. Su visita a la construcción universitaria la condujo a un museo que funcionaba en la misma estructura. Allí apreció un museo y una biblioteca que estaban bajo la responsabilidad de Adolfo Ernst. 

     Para el museo agregó que se le había otorgado un amplio espacio y que albergaba una “reunión confusa de objetos curiosos más que una serie de colecciones serias”. Según su apreciación, Ernst no tenía tiempo ni presupuesto para mejorar la colección y darle una organización adecuada.

     A propósito de algunos objetos curiosos que encontró en el lugar, reseñó el caso de una “cabeza humana del tamaño de un puño”, al que calificó como un objeto “casi fantástico”. De acuerdo con su narración era obra de tribus indígenas del Orinoco, así como de algunos grupos de indios de Colombia, que practicaban “un modo particular de embalsamiento”. Agregó que eran piezas únicas desde que el gobierno de Colombia prohibió su venta pública, algunas de estas piezas podían llegar a los quinientos francos y por ello muchos indios “no tenían ningún escrúpulo en cometer para satisfacer su codicia”. Luego destacó la presencia en el museo de una bandera que había traído consigo Francisco Pizarro, que la había obtenido Antonio José de Sucre, en 1824, y que obsequió al Libertador.

     Al referir la presencia del ataúd donde reposaban los restos mortales de Simón Bolívar, “olvidados y desconocidos por tan largo tiempo en un cementerio pueblerino”, escribió: “triste mudanza de las cosas humanas”. En su opinión estos restos del pasado, “que deberían tener un sitio con los retratos reunidos en el Palacio Federal”, deberían estar en una galería especial que sería un museo histórico, por tal razón le pareció extraño encontrar colecciones zoológicas, botánicas y mineralógicas en el mismo lugar.

En la misma edificación donde se encuentra la Universidad de Caracas, se aloja el Museo Natural, que reúne objetos curiosos. Su director es el Dr. Adolfo Ernst
En la misma edificación donde se encuentra la Universidad de Caracas, se aloja el Museo Natural, que reúne objetos curiosos. Su director es el Dr. Adolfo Ernst

     Refirió que en este espacio había vitrinas cerradas con especies animales disecadas. Entre ellos colibríes, el querre – querre o gálgulo, “así nombrado a imitación de su ruido” el cardenal, de plumaje rojo; el garrapatero, “que presta tantos servicios al ganado de los llanos; el tucán, “cuyas plumas brillantes proporcionan a los indios un elegante tocado, así como adornos para su hamaca y el “ya acabó”, “de matices variados como el arco iris. Entre las grandes especies disecadas y que se mostraban en el mismo recinto observó el águila de los Andes, gavilanes, un aguilucho, el alcaraván, “pájaro de las playas, a medias acuático y a medias terrestre, cuyo grito se parece a un ladrido de perro”, el “tarotaro”, especie de ibis, “cuyo canto recuerda el tañido de una campana”, la guacharaca, “especie de faisán muy abundante en las tierras calientes de Venezuela y muy apreciado por los gastrónomos delicados”, la grulla, el guácharo, “especie de chotacabras que caza por la noche”.

     De la entomología y exhibición de insectos, en el museo de Caracas, le pareció muy escueta y poco representativa. En cuanto a los arácnidos ocupaban un lugar relevante. De esta especie describió la araña grande, muy común en Guayana, tarántulas amarillas, azules y rojas, también venenosas y que podían atacar al ganado.

     De acuerdo con versiones recogidas por ella, la más venosa era la arañita de playa, de pequeño tamaño, muy difícil de ver, “cuya mordedura tiene consecuencias graves, a no ser que la persona mordida sea sangrada inmediatamente”. A pesar de ser muy comunes en Venezuela, recalcó, los alacranes, que los había de dos tipos, de acuerdo con la información por ella recabada, el negro y el amarillo, este último de gran poder venenoso, lo expuesto acerca de ellos no era muy excelso.

     De la biblioteca añadió que había sido conformada por los libros tomados de los conventos luego de haber sido suprimidos por ley. Según relató reposaban en ella unos 23000 volúmenes, de los cuales la gran mayoría era de carácter teológico. En otro ambiente se instaló una habitación denominada Salón Académico, el que estaba dedicado a las sesiones del consejo de administración de la universidad y de los concursos literarios que parecían muy comunes. Del mobiliario destacó su talante gótico y elaborado de damasco rojo. Observó vidrieras pintadas que adornaban las ventanas y que tres retratos, el de Simón Bolívar, José María Vargas y Antonio Guzmán Blanco daban vida a las paredes. Añadió que con lo expuesto en este espacio se tenía el propósito de instalar una galería de bellas artes, pero para ella era “muy pobre aún” porque apenas albergaba pocos cuadros, siendo las principales obras de dos pintores venezolanos, Martín Tovar y Tovar y Ramón Bolet Peraza, quien había fallecido a temprana edad. Tallenay afirmó que muchos de sus bocetos y cuadros se los había llevado un coleccionista inglés de nombre Spence.

     Una de las consideraciones que plasmó en su Recuerdos… se relaciona con la estructura urbana y los monumentos públicos que se podían apreciar en la ciudad. Para Tallenay el carácter general de una ciudad, la organización de sus localidades o barrios, la trayectoria de sus principales edificaciones resumía su historia. Subrayó que los monumentos públicos de Caracas habían sido conformados durante la época colonial o en “la administración del general Guzmán Blanco”.

A lo largo de sus reflexiones, la francesa Jenny Tallenay no tuvo palabras adversas hacia el presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco y sus realizaciones
A lo largo de sus reflexiones, la francesa Jenny Tallenay no tuvo palabras adversas hacia el presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco y sus realizaciones

     A lo largo de sus reflexiones Tallenay no tuvo palabras adversas hacia Guzmán Blanco y sus realizaciones. En lo que respecta a una ciudad que poco había cambiado en su estructura urbana, después de declarada la Independencia, la ponderó como un tiempo que había transcurrido “sin dejar nada tras de sí”.

Loading
Abrir chat
1
Contacta a nuestro equipo.
Escanea el código
Contacta a nuestro equipo para aclarar tus dudas o solicitar información.