CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Caracas en 1957, Parte II

Mariano Picón Salas

Retrato de un caraqueño

 

     Así como los pintores flamencos destacaban en el marco de una vidriera gótica, con los árboles del campo y los torreones medievales al fondo, la silueta de sus eclesiásticos, humanistas, príncipes o mercaderes, pudiéramos imaginar el retrato arquetípico de un caraqueño de hoy.

     Mientras escribo con la ventana abierta, mirando y oyendo los autos que pasan por la avenida incesantemente ruidosa, observo, también, en la calle lateral un inmenso montículo de tierra removida. Es alto mediodía y los obreros que trabajan en la construcción (predominan los italianos y portugueses) suspendieron un rato la tarea para tomar un pequeño refrigerio. Empinan las botellas de innocua Pepsi cola y muerden el largo panetón aviado con lonjas de cochino y de queso.

     Al fondo, también descansa la máquina dentada que durante toda la mañana engulló tierras y trituró pedruscos como si fueran avellanas. Tiene cara de tigre y gigantesca cola de dragón. La tierra excavada se amontona en un extremo, con la simetría de una pirámide egipcia. Las sombras del mediodía parecen abocetar el rostro de una esfinge invisible. Dentro de unos minutos habrá de reanudarse en todos los barrios de la ciudad el ruido de las palas mecánicas, la misma trituración o levitación de materiales. Nos cubrimos del polvo de las demoliciones; somos caballeros condecorados por el escombro, para que comience a levantarse –acaso más feliz- la Caracas del siglo XXI.

Caracas años 50

     Y el retrato más peculiar de un caraqueño sería el del hombre que sentado en su mesa de ingeniero, contempla desde la ventana “funcional” el paisaje de estructuras arquitectónicas inconclusas que tiene de fondo el perfil de una “caterpillar”. Si el pintor que hiciera el retrato se inclinase al detallismo fantástico –a lo Brueghel el Viejo o a lo Jerónimo Bosch- habría que pintar, como en otras bandas panorámicas, las varias gentes que suben por las escaleras o están tocando a las oficinas. El caraqueño puede haber abrazado la lucrativa profesión de contratista, y allí llaman a la puerta obreros de pesados zapatos que desembarcaron apenas hace dos días del vapor portugués; maestros y capataces italianos, delineantes españoles o bachilleres verbosos que dicen tener psicología y elocuencia para las relaciones públicas. No faltará tampoco, un periodista colombiano o de las Islas Canarias que ofrezca, como otra mercancía, los adjetivos de un reportaje.

     Y en extraña dualidad, en conflicto de valores y estilos, parece ahora moverse el alma del habitante de Caracas. Hace apenas dos o tres lustros se le educó al tradicional modo romántico suramericano, en que el mundo de las emociones contaba más que el mundo de los cálculos. La dimensión de la hombría la daba el coraje y la prodigalidad, la listeza y el ingenio; los éxitos en el amor y la popularidad con los amigos. Era un ideal estético –aunque no estuviera desprovisto de cinismo– en que el hombre más perfecto era el capaz de exponer la vida o derrochar el dinero; en que el mejor camino de la conducta no parecía el análisis prudente sino el impulso irracional de la “corazonada”. Y aupado en un dulce viento de cinismo o de simpatía, la vida se deslizaba sin mayor sorpresa en el fácil y pequeño universo de gentes conocidas.

     Muchos venezolanos reclamaban, en la hora de los repartos, que eran descendientes de próceres; que una prima suya casó con un ministro; que, en su familia, a través de largas generaciones, todos tuvieron puestos públicos.

El Country Club, Caracas, óleo de Miguel Cabré

     Pero otro espíritu de mudanza y áspera aventura empezó a soplar en los últimos años. Ya era imposible reconocer en una sala de cine a los nuevos y bulliciosos espectadores, y como hormigueros diligentes salían de los sótanos, subían por los andamios de las estructuras arquitectónicas, compraban giros en los bancos, negociaban y vendían las más desconocidas gentes.

     Las escotillas de los barcos arrojaban en el terminal de La Guaria o en los muelles de Puerto Cabello millares de inmigrantes. Y el que fue hace diez años obrero, ahora puede ser propietario de una empresa de construcción. A los ricos por herencia, bonanza política o linaje, se opusieron los nuevos creadores de fortuna. Aun los venezolanos más privilegiados tenían que despertar de su antiguo ritmo sedentario y correr en esta nueva maratón de empresas y aventuras.

     Quizás estemos ahora en un momento transitorio que pulirán los tiempos, ya que el dinero se ha trocado en el casi exclusivo valor social. E innumerables caraqueños toman su matinal café con leche leyendo el movimiento de acciones en la bolsa, los avisos de venta de terrenos, las urbanizaciones que se proyectan. Hay otros de fantasía más distante que apuestan a las hazañas económicas que se cumplirán en los bosques de Guayana cuando ya esté produciendo la Siderúrgica o se arremansen en gigantescas turbinas las caídas de agua del Caroní, o cuando en el húmedo valle de Morón, en tierras de Yaracuy, se yerga el vasto conjunto industrial de la Petroquímica.

     Y no hay que olvidar en el cardumen de negocios y rentas con que muchos quieren detener la muerte y asegurar el futuro, otras inversiones en distintos puntos estratégicos del territorio venezolano: Puerto La Cruz ha de ser el mayor puerto petrolero del Oriente; El Tigre se parece a aquellas ciudades–hongos que surgían en el siglo pasado en los Estados Unidos cuando se conquistaba la frontera y se marchaba en busca del oro de California; Punto Fijo, mero punto en el calcinado desierto de Paraguaná hasta hace dos lustros, hoy es centro bullicioso y pobladísimo; Puerto Ordaz, centro exportador del hierro, se fundó hace tres años; Acarigua y Barinas son pequeñas capitales de la madera y el algodón; Calabozo y otro pueblos llaneros resucitan con la represa del Guárico; Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Maracay multiplican cada años sus cifras económicas y demográficas. ¿Ha de seguir aquí una civilización de tipo latinoamericano con nuestro amor por las formas estéticas, nuestro orden emocional, nuestra simpática “corazonada”, o habitaremos, más bien, en un aséptico y reglamentado mundo tecnócrata donde lo colectivo y abstracto predomina sobre lo personal e individualizado?

     Hace diez años pensábamos que aquí, ineludiblemente, se prolongarían todos los estilos y formas económicas del Estado de Texas. Si el impacto norteamericano no iba a consumir nuestra pequeña civilización mestiza. Si no terminaríamos por ser demasiado sanos y optimistas. Si el viejo ideal de señorío y sosiego a la manera hispánica, “el sentimiento trágico de la vida”, no sería reemplazado por el dinamismo del ranchero o del millonario texano. O el individualismo criollo –para tener una norma colectiva– adoptaría la de los “clubs” de hombres de negocios de los Estados Unidos. Si domesticaran con agua helada, deportes, comidas sin especias, tiras cómicas y confort absoluto nuestro orgullo y casi nuestro menosprecio hispanocaribe; esa mezcla de senequismo español y de rudeza a lo Guaicaipuro que fuera tan frecuente en algunos viejos venezolanos. Quizás la inmigración europea –principalmente de Italia y de España– esté modificando aquel esquema y acentuará, más bien, -como en la Argentina una nueva latinidad.

Hotel Tamanaco

     El caraqueño que en el retrato imaginario miraba desde la ventana el cráter de las demoliciones, dejó de escribir o trazar líneas en su achurado papel topográfico; bajó por el ascensor y se detuvo en el pequeño café italiano a saborear un concentrado “expresso”. Le sirve una muchacha rubia que parece escapada de “La Primavera” de Botticelli. El consumidor pregunta:

-Lei è de Firenze, Signorina?

-De Prato – contesta la muchacha.

     Y si el venezolano es culto, tiene frescos sus estudios de Liceo y hace poco viajó por Italia, acaso recuerda que Prato queda en la ruta de Bolonia a Florencia por la “direttissima”. Es ciudad industrial con un campanile de Giovanni Pisano y un Palazzo Pretorio donde se guardan madonas de Filippo Lippi y mayólicas de Giovanni della Robbia.

     Y el gusto del café fuerte, la melodiosa voz de la muchacha y su semejanza con las musas y las madonas renacentistas hace pensar al venezolano que se mantendrá en este país –con las audacias y aventuras tecnológicas que permita el siglo– una emocionada y conversadora civilización latina. Preferimos el encanto de esa muchacha al más prometedor plano topográfico. Nos conmueven más Botticelli y Filippo Lippi que aquel feroz ingeniero norteamericano que inventó el sistema Taylor.

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