Fundación de Santiago de León de Caracas

27 Jun 2022 | Crónicas de la Ciudad |

El presente escrito del primer Cronista oficial de la ciudad, Enrique Bernardo Núñez, es un minucioso trabajo de investigación sobre los origenes de Caracas, fundamentado en documentos histórico de extraordinario valor encontrados en el Archivo Municipal; muchos de ellos, hasta entonces, inéditos.

 Por Enrique Bernardo Núñez

El descubrimiento por Francisco Fajardo de minas de oro en el lugar de los indios teques dio mayor importancia a la región llamada de los caracas
El descubrimiento por Francisco Fajardo de minas de oro en el lugar de los indios teques dio mayor importancia a la región llamada de los caracas

     El descubrimiento por Francisco Fajardo de minas de oro en el lugar de los indios teques dio mayor importancia a la región llamada de los caracas.     Mucho antes los españoles tenían noticias de estos venenos de oro, como se desprende de la relación que el gobernador Juan Péres de Tolosa hace al rey en 1548. La belicosidad de las tribus era obstáculo para poblarlas. Para esta época Guaicaipuro adolescente ha debido escuchar los relatos de los asaltos de esclavos en la costa de Borburata por los Cubagua y la Española. La conquista avanzaba por la Borburata hacia la nueva Valencia y el lago de Tacarigua y por la costa de los caracas hasta el valle del guaire. Nuestra Señora de la Concepción de la Borburata estaba fundada desde 1548 (27 de febrero).

     Francisco Fajardo comienza sus exploraciones en la costa de los caracas en 1555, el mismo año de la fundación de Valencia. Fajardo funda el Collado, en el mismo sitio donde hoy se halla Caraballeda, en 1560. De El Tocuyo y Barquisimeto fundadas en 1545 y 1552 salían tierra adentro las expediciones. También Villa Rica o Nirgua del Collado, ciudad de las Palmas o Nueva Jerez, entre Barquisimeto y Valencia, se funda a tiempo que Fajardo hacía sus primeras exploraciones.

     Para 1562 existían en la Gobernación de Venezuela siete pueblos de españoles con un total de siento sesenta vecinos o cabezas de familia. Los de Valencia y la Borburata no pasaban de veinte y cinco vecinos, por lo que se hallaban en gran riesgo de ser despoblados o destruidos.

     El gobernador Pablo Collado quitó el mando a su teniente Fajardo, fundador de un hato o ranchería en el valle de Maya o del Guaire, al cual dio el nombre de su patrono San Francisco, a seis leguas del Collado. El Gobernador envió a un Pablo Miranda a poblar las minas. Miranda hizo preso a Fajardo y lo remitió al Gobernador, y aunque éste luego lo dejó libre y envió a su villa del Collado, una vez que Miranda abandonó las minas por temor a Guaicaipuro, envió por su teniente a Juan Rodríguez Suárez, el fundador de Mérida (1561) y en guerra con Paramaconi, cacique de los toromaynas, fundó la villa de San Francisco, de efímera existencia. Rodríguez Suárez fue muerto por los arbacos en la loma de Terepaima cuando se dirigía al Tocuyo, depuesto por Collado que de nuevo dio el mando a Fajardo. Se dijo entonces que Fajardo no era extraño a esta muerte.

     En los mismos días Lope de Aguirre llegaba a Valencia. Fajardo bajó de nuevo al valle de San Francisco y solició auxilios del Gobernador. Este tenía en sus manos a los marañones de Lope de Aguirre, desbaratado hacía poco en Barquisimeto, y para deshacerse de ellos envió hasta ochenta con el andaluz Luis de Narváez, natural de Antequera, de los fundadores de El Tocuyo, y quien ya había estado con Juan de Villegas en la toma de posesión del Tacarigua y en la de Borburata. Pero Narváez y su gente fueron destruidos por los arbacos y meregotos en el alto de Las Mostazas, y solo escaparon dos españoles y un portugués para dar cuenta del desastre. Los marañones expiaron asi sus crímenes. Fajardo y los suyos tuvieron que salir de San Francisco, desde las alturas del camino vieron arder el pueblo, y a poco la propia villa del Collado se vio cercada por las huestes de Guaicaipuro.

     El licenciado Alonso o Alvaro Bernáldez, abogado de la cancillería de Santo Domingo donde tenía enemigos y protectores, fue enviado a tomar residencia a Collado. Lo halló culpable de negligencia en resistir a Lope de Aguirre y lo remitió preso a España. La tierra se hallaba en gran miseria y carestía. El licenciado no podía cobrar su salario, ni sus maravedises le alcanzaban para sostenerse. Despues de diez meses de gobierno tuvo a su vez que dar residencia al nuevo gobernador Alonso Pérez de Manzanedo, su deudo cercano, que sentenció a su favor. Pérez de Manzanedo muere el 23 de junio de 1563, después de nueve meses de gobierno, y Bernáldez asume de nuevo el mando, para el cual fue provisto por la Audiencia. Estaba de vuelta en Coro el 1° de enero del sesenta y cuatro. “La tierra, escribía, tiene necesidad de cabeza que la gobierne”. El valle de los caracas hacía brillar sus cálidos reflejos ante el único ojo del licenciado. Pensaba que cobraría prestigio en la Corte, aseguraría el gobierno, si llegare a ofrecerle la conquista o pacificación de los caracas. Nombró por capitán al mariscal Gutierre de la Peña que ambicionaba el cargo de Gobernador. Surgieron desavenencias entre ambos, o entre la autoridad civil y la militar. Bernáldez culpaba a Gutierre del fracaso de la expedición. No se dio prisa ni juntó gente, y se dilató tanto que los indios tuvieron tiempo de prepararse a la defensa. La real cédula de 17 de junio de 1563 mandaba hacer el castigo. Bernáldez decidió dirigirlo personalmente. Juntó gente en Coro, Borburata y Valencia, y con cien soldados llegó hasta la sabanas de Guaracarima, o junto al río de Cáncer. Los indios en gran multitud le cerraban el paso. Bernáldez se puso a hacerles discursos de paz, pero los indios respondieron con las armas e hicieron en sus filas todo el daño que pudieron, aunque solo hubo un negro muerto y siete heridos que luego sanaron, porque las flechas no tenían hierba. Entre los heridos se hallaba Sancho del Villar. Bernáldez se retiró para evitar mayores daños, “y por ser la tierra alta y montañosa”, y fue acuerdo del Real que se volviese por socorro.

Plano topográfico de una parte del valle de Los Caracas, en 1567, elaborado en 1913
Plano topográfico de una parte del valle de Los Caracas, en 1567, elaborado en 1913

     El valle de San Francisco estaba protegido por aquella muralla viviente. Animados por sus victorias habían matado más de noventa cristianos, y se disponían a caer sobre Valencia y la Borburata. El gobernador Pérez de Manzanedo calculaba que se necesitaban cuando menos doscientos hombres bien aderezados para sujetarlos. El licenciado Bernáldez proyectó nueva expedición y nombró para dirigirla a Diego de Losada, hombre ya avanzado en la cincuentena. Fue difícil convencerlo. A la postre se rindió a los deseos del Gobernador. En estos preparativos llegó al Tocuyo, en el mes de mayo de 1566, nuevo gobernador, Pedro Ponce de León. Tomó residencia a Bernáldez. Lo halló culpable, entre otros delitos, de haber permitido comercio con los corsarios ingleses, y lo mandó a presentarse ante el Consejo, previa fianza de veinte mil pesos oro. En cuatrocientos mil ducados se calculaba el beneficio de los corsarios. Ponce de León se halló con la situación planteada por los indios caracas y la necesidad del oro de las minas para las rentas, o con mas propiedad el salario del Gobernador y sus oficiales. Confirmó el nombramiento de Losada, y el 15 de diciembre de 1567 pudo anunciar al Rey el suceso de su teniente en la provincia o región de los caracas. “que con la gente que llevó tiene poblados los dos pueblos que los indios habían despoblado”, no sin decir de paso, “que no poca gloria le cabía a él, Ponce de León, en cosa tan importante”. Eran tantos los naturales añadía el Gobernador, que Losada pretendía fundar otros dos pueblos, y porque con las fama de las minas de oro acudía mucha gente de otras partes, con sus hijos y mujeres. 

     Estos dos pueblos no eran otros sino Santiago de León y Caraballeda, ya que San Francisco y el Collado, aunque no existiesen, se daban por fundados. Con más claridad, después de cumplir con la formalidad de “repoblar”, Losada y su gobernador prescindían sin decirlo, de San Francisco y el Collado, y daban así origen a infinitas confusiones.

     Es cierto que cuando hizo su entrada Diego de Losada, ya la región de los caracas abundaba en huellas españolas. El valle de las Adjuntas o de Macarao tenía el nombre de Juan Jorge Quiñones (valle de Juan Jorge) y el de Turmerito el del portugués Cortés Rico, ambos compañeros de Fajardo. A 12 leguas de la ciudad, donde el Guaire se junta con el Tuy, se extendía el valle de Salamanca o de los Locos, nombre dado por Juan Rodríguez Suárez. Los mariches habían conocido los estragos de los arcabuces y de un cañón pequeño, que disparó contra ellos Luis de Ceijas, compañero de Pedro de Miranda. En poder de Guaicaipuro estaba su mejor trofeo de guerra, el estoque de “siete cuartas” de Juan Rodríguez Suárez. Los indios de la costa tenían pedazos de espadas, y de uno de éstos sirvióse Tiuna, de Curucutí, para amenazar a Losada en el combate. Los mariches tenían pedazos de camisas blancas enviadas por los toromaynas, camisas de los cristianos muertos por ellos, y las agitaban como banderas ante los invasores. Los de la costa tenían los ornamentos pontificiales del obispo de Charcas y muchas alhajas, presas de un navío que recaló en Guaycamacuto, perseguido por un corsario. Los meregotos, en cambio, ocultaban la plata de la expedición de Narváez. La expedición de los caracas llegó a ser presagio de mala ventura.

     Losada quiso aprovechar la experiencia de las anteriores. Trazó cuidadosamente su plan de operaciones. Su objetivo era el valle de San Francisco, y desde allí haría frente a los ataques de los indios. La tierra de los caracas era lluviosa y dispuso la partida para la estación seca. Llevaba consigo a muchos veteranos de aquella región. Martín de Jaen, Juan de San Juan y Luis de Ceijas asistieron a la tercera expedición de Fajardo. Jaen fue con Lázaro Vásquez de los primeros alcaldes del Collado y acompañaron a Fajardo en su viaje de Caruao a Valencia. A Julián de Mendoza, testigo de la fundación de San Francisco. A Pedro Alonso Galeas, el marañón que se le huyó a Lope de Aguirre en la Margarita, y a Juan Serrano y Pedro García Camacho, sobrevivientes de la expedición de Narváez. A Francisco de Madrid, que hizo la campaña de Bernáldez, y quedó por algunos días con el Real en las sabanas de Guaracarima. Además, Luis de Salas salió para la Margarita en busca de los guaiqueríes de Fajardo que habían jurado volver a vengarse de Guaicaipuro. Llevaba consigo a Diego de Montes, gran conocedor de bálsamos y hierbas y maestro de cirugía, famoso por la operación practicada a Felipe de Hutten durante su entrada a tierras del Meta, y primer fundador de Nirgua. Y a Cristóbal Cobos, hijo de Alonso Cobos, el que ajustició a Fajardo. Y como prenda de fortuna a Francisco Guerrero, el renegado, un viejo andaluz que se halló cautivo en Constantinopla y asistió con Solimán al sitio de Viena en 1529. Venían de diversas regiones del globo. De España, de Italia, de África y Portugal. De Coro, la Borburata y el Tocuyo. Habían estado en las guerras de África, en el saco de Roma, en las provincias de Papamene y de los choques, en el Perú, en el Meta y el Apure. Llevaba gran cantidad de bagajes, rebaños de la Nueva Valencia, ofrecidos por el teniente de gobierno Alonso Díaz Moreno, semillas de legumbres, de acuerdo con lo establecido sobre fundación de ciudades. Losada aparecía como el jefe de la expedición, pero el verdadero general era el apóstol Santiago. Losada le hizo voto de consagrarle su conquista. Además, en Nirgua, a fin de reforzar la protección celeste, Losada decidió festejar el veinte de enero, día de San Sebastián, a fin de invocar su protección contra el veneno de las flechas, y le ofreció dedicarle una blanca ermita. Veinte hombres a caballo y más de ciento treinta infantes, Oviedo no alcanza a dar el nombre de todos ellos, componían propiamente el ejército.

     Losada salió del Tocuyo en los comienzos de 1567, y por Pascua Florida se hallaba en el valle de Cortés Rico, llamado en lo sucesivo Valle de la Pascua. A principios de abril pasa el Guaire y acampa en el valle de San Francisco. De todo lo expuesto no parece caber duda de que el año de la fundación de Caracas es el de 1567. En cuanto al mes y día será preciso acudir a la tradición. La más antigua señala el 25 de julio y algunas presunciones vienen a favorecerla. Era costumbre de los fundadores asociar el nombre de la comarca o región al de la fiesta del día. Así San Juan de Ampués dio principio a la fundación de Santa Ana de Coro el 26 de julio de 1527, día de Santa Ana. Así Juan de Carvajal funda Nuestra Señora de la Concepción del Tocuyo el 7 de diciembre de 1545, víspera de la Inmaculada. Así Garcí González de Silva la del Espíritu Santo de Querecrepe, tierra de los cumanagotos, en los días del Pentecostés. Aunque nada de particular tendría que el acta de fundación se hubiere dado en el mismo abril. De antemano Caracas estaba dedicada a Santiago, apóstol de España y su grito de guerra desde que el rey don Ramiro venció a los moros en la batalla de Clavijo. Losada lo invoca en la cuesta de San Pedro, frente al ejército de Guaicaipuro, y luego de la batalla de Maracapana, en el mismo vale de San Francisco. Losada ha debido recordar la casa paterna en Río Negro, en el camino de los peregrinos que iban a Compostela.

     Los cronistas hablan de “reedificación” de ambos pueblos ̶ los de San Francisco y el Collado ̶, si reedificación puede llamarse las de unas chozas cubiertas de paja, quemadas por los indios. Esto de reedificación no puede tomarse sino en su aceptación de “construir de nuevo”, o como ligereza o hipérbole de conquistadores y cronistas. Fue la de San Francisco una villa de pocos días. En cambio, Santiago de León subsiste hasta hoy. Al parecer, Santiago no fue fundada en el mismo sitio de San Francisco. El primero en decirlo es el propio fray Pedro Simón, quien, como Aguado, emplea el término “reedificar”. “Reedificó los dos pueblos, aunque no en los mismos sitios, llamándolos al uno Nuestra Señora de los Remedios y al otro Santiago de León, a devoción del Gobernador, porque quedase embebido en el nombre del pueblo parte del suyo”. A mediados del siglo XIX, los redactores de “La Opinión Nacional” hojeaban el “Diccionario Histórico Geográfico” del jesuita italiano Juan Domingo Coletti y vieron con sorpresa que se refería a dos ciudades, San Juan de León y Santiago de León, fundadas ambas en la provincia de Caracas, «en una amena llanura”. Solicitaron la opinión de Arístides Rojas (“Bibliófilo»), y éste publicó en aquel diario, el 10 de mayo de 1875, un artículo titulado “Orígenes Geográficos de Caracas”, en el cual refuta las afirmaciones de Coletti. Rojas habla en dicho artículo de la situación de San Francisco. Para el hato de Fajardo y la villa de San Francisco, Rojas señala a Catia y alrededores del Caroata o Carguata y el cerro del Calvario, “lugares desprovistos de vegetación”. Es lo que se desprende del relato de Oviedo. Y aunque en su descripción de la Provincia Juan de Pimentel emplea asimismo la palabra “reedificar”, dice que Losada dio principio a la fundación en las cercanías de Catuche o Catuchaquao, río o quebrada de las Guanábanas. Sea lo que fuere, ambos sitios, de Naciente a Poniente, cubre hoy la ciudad de Caracas. Con más exactitud, la planta de la nueva población quedaba entre el Catuche y el Caroata.

Diego de Losada pobló en 1567 los dos pueblos que en la región de los caracas los indios habían despoblado. Óleo sobre tela, obra de Antonio Herrera Toro. Concejo Municipal de Caracas
Diego de Losada pobló en 1567 los dos pueblos que en la región de los caracas los indios habían despoblado. Óleo sobre tela, obra de Antonio Herrera Toro. Concejo Municipal de Caracas

     Esto de cambiar de sitio las ciudades era frecuente en aquellos tiempos. Nueva Segovia de Barquisimeto, fundada primero en el río Buría, cambió de sitio cuatro veces. “Y nadie, dice fray Pedro de Aguado, se debe maravillar de que una ciudad o república se haya mudado tantas veces y con tanta facilidad, porque como para hacerse una casa de las que en estos vecinos moraban no fuesen menester muchos materiales de cal, piedra y ladrillo, sino solamente casas de arcabuco y paja de la cabaña, con mucha facilidad harían y desharían una casa de estas, y también porque los oficiales y obreros que las habían de hacer les costaba muy poco dinero. . .” Idéntica observación hace Oviedo cuando los vecinos de Caraballeda decidieron abandonarlo en 1586, para resistir al gobernador Luis de Rojas que pretendía intervenir en la elección de los alcaldes aquel año: “trasmigraciones que se hacían con facilidad en aquel tiempo, porque siendo las casas de vivienda unos bujios de paja, no reparaban los dueños en el poco costo de perderlas. . .” La guerra y las enfermedades influían asimismo en tales mudanzas. Nirgua cambió de sitio varias veces. Trujillo fundada en 1556 por Diego García de Paredes, fue llamada la ciudad portátil por las veces que hubo de cambiar de asiento. Es de imaginarse lo que sería la villa de San Francisco, rodeada de enemigos y con tan escasos pobladores. Los vecinos de la Borburata la abandonaron asimismo después del saqueo de los franceses, y se trasladaron a Valencia y a Santiago de León.

     Parece que por un momento ante el número de emboscadas y guazábaras que le daban los indios, Losada pensó salirse y abandonar su conquista. El propio Losada recibía una herida bajo la celada a la entrada de los mariches. Los víveres escaseaban. Los corsarios infestaban la costa de la mar. Ante él se extendía el valle de grandes sierras, regado por cuatro ríos. La sabana cubierta de cujíes. A poco Juan Salas de la Margarita. Apenas traían quince europeos, entre ellos Lázaro Vásquez Rojas, y sesenta guaiqueríes, pero buena cantidad de bastimentos. Salas no pudo acudir a la cita de la Borburata, según estaba convenido, porque los franceses saqueaban por aquellos días a Cumaná y Margarita, y luego en el mismo mes de marzo, a Borburata, y se vio obligado a ir con sus piraguas a Guaycamacuto. Con aquel refuerzo, y en medio de los cuidados de la guerra, Losada se decidió a emprender los trabajos de la fundación. El emperador Carlos V y luego su hijo y sucesor Felipe II habían dispuesto con prolijidad la forma que debía guardarse en la fundación de las poblaciones, y las calidades de la tierra, ya fuera en la costa de la mar o en la tierra dentro. Procurarían tener el agua cerca para su fácil aprovechamiento y los materiales necesarios para edificios, tierras de labor, cultura y pasto. El Gobernador en cuyo distrito estuviere declararía si lo que se ha de hacer es ciudad, villa o lugar, y conforme a lo que se declaraba, se formaría el   Concejo, República y oficiales de ella. 

     Si era ciudad metropolitana tendría doce regidores. Si diocesana o sufragánea, ocho regidores. Para las villas y lugares habría cuatro regidores. (Santiago de León tuvo en sus comienzos cuatro regidores). Parte del territorio se asignaba a los solares, propios, ejidos y dehesas para el ganado, y el resto se dividía en cuatro partes así: una para el fundador y las tres restantes en partes iguales para los pobladores. Plazas, calles y solares, debían repartirse a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ella las calles a la puerta y caminos principales, y éstos con tanto más compás abierto, que, aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma. La plaza mayor estaría en el centro. Su forma en cuadro prolongada, cuyo largo sería “una vez y media de su ancho”, por ser así más a propósito para las fiestas de caballos. Su grandeza proporcionada al número de sus vecinos, y en consideración a que las poblaciones puedan ir en aumento, no debía ser menos de doscientos pies de ancho y trescientos de largo, ni mayor de ochocientos pies de largo y quinientos treinta y dos de ancho. Y quedaría de buena proporción, si fuere de seiscientos pies de largo y cuatrocientos de ancho. De ella se sacarían las cuatro calles principales, una por medio de cada costado y dos más por cada esquina. Las cuatro esquinas mirarían a los cuatro vientos principales, para no hallarse expuestas a los dichos vientos, y las cuatro calles tendrían portales para comodidad de los tratantes. (Estos portales no los tuvo la plaza mayor de Santiago de León hasta 1754). El templo debía estar separado de otros edificios, que no pertenezcan a su calidad y ornato, y algo levantado del suelo, para ser visto y venerado de todas partes, de modo que se había de entrar en él por gradas. Entre la plaza mayor y el templo se edificarían las casas reales, cabildo y concejo, aduana y atarazana, a fin de que en caso de necesidad se puedan socorrer. (El sitio de estas casas las señaló Losada en la esquina del Principal). Las calles serían anchas en lugares fríos y angostas en los calientes. Anchas donde hubiese caballos, porque así convenía para la defensa. (Las calles de Santiago tuvieron en sus comienzos treinta y dos pies de ancho). Hecha la planta y repartidos los solares, cada uno de los pobladores armaría su toldo, a cuyo efecto debían llevarlo con las demás prevenciones, o harían ranchos o ramadas para protegerse, y con la mayor diligencia rodearían la plaza con cercos y palizadas para defenderse de los indios. Se disponía así mismo que la fundación se hiciese con paz y consentimiento de los naturales. Estos, en el valle de los Caracas, se negaban a prestar tal consentimiento.

     El acta de fundación de Caracas se ha perdido, pero no es difícil imaginar su contenido. En ella se haría constar con toda clase de pormenores y circunstancias del mandato recibido, cómo el teniente de gobernador y capitán general Diego de Losada, por el gobernador Pedro Ponce de León, después de señalar con cruz de madera lugar y sitio para la iglesia, casas de cabildo y plaza mayor, y de haber colocado en el centro el rollo o picota de la real justicia, montó a caballo, cubierto con todas sus armas y espada en mano, con sus pendones y banderas desplegadas, dijo en altas voces, cómo en aquel sitio, poblada en nombre de Dios y del Rey una villa a la cual puso el nombre de Santiago de León de Caracas, en honor del patrón de España y del Gobernador. Y que si alguna persona lo quisiese contradecir lo defendería a pie y a caballo. Y en señal de posesión dio golpes a la espada en la tierra, y los que estaban presentes respondieron: ¡Viva el Rey! No faltará seguramente en el acta relación detallada de lo ocurrido en la expedición desde El Tocuyo hasta el valle de San Francisco. Luego podrá leerse la firma de Losada, la del veedor, la de los testigos principales y la del escribano Alonso Ortiz. Tampoco es difícil imaginar la escena. Losada está a caballo, en el centro, junto a Gabriel de Ávila, alférez mayor, hombre de treinta años, Francisco Infante y su sobrino Gonzalo de Osorio, que van a ser primeros alcaldes. Los de a pie y de a caballo forman un cuadro entero con sus rodelas, espadas y arcabuces. Es decir, los ciento y cincuenta hombres del ejército, disminuido con las bajas de Francisco Márquez y Diego de Paradas. Entre ellos véanse los hijos del gobernador Ponce de León: Pedro, Francisco y Rodrigo. A Tomé y Alonso ndrea de Ledesma, de los fundadores de Trujillo, y a los que van a ser primeros regidores: Lope de Benavides, Bartolomé de Almao, Martín Fernández de Antequera y Sancho del Villar. El padre Blas de la Puente y el Fraile Baltasar García, capellanes de la expedición, y aquel soldado Juan Suárez, tocador de gaita. No faltan en esta escena las mujeres, entre ellas Elvira de Montes, mujer de Francisco de Vides e Inés de Mendoza, de Pedro Alonso Galeas, que valerosamente han corrido las contingencias de la aventura. Más allá, al fondo, de los “ochocientos hombres de servicio”, contemplan la escena.

     La ciudad era planta exótica en el valle. No solo tenía sus enemigos en las naciones de indios que la rodeaban sino entre sus mismos fundadores. Con motivo del reparto de tierras y encomiendas, la ciudad se dividió en dos partidos: el de Francisco Infante y el de Diego de Losada. Infante fue al Tocuyo, a deponer contra Losada, y el Gobernador Pedro Ponce de León le revocó los poderes y nombró para sucederle a su hijo Francisco. Muchos de sus parciales siguieron a Losada, y Santiago, de León, se vio a punto de ser despoblada.

FUENTES CONSULTADAS

  • Cónica de Caracas. Caracas, Núm. 1, enero 1951; Págs. 23-34.

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